lunes, 5 de marzo de 2007

EN BRAZOS TIERNOS....a mi hermano Fernando


Siempre he confesado que la Semana Santa me la aprendí de memoria en los tiernos brazos de mi hermano mayor –tete Fernando- cuando entre la “buya” de San Julian me alzaba para ver salir al Cristo de la Buena Muerte calado hasta las rodillas en su monte de claveles. Ese color del cielo a la hora de la estrenada ilusión de la tarde del Domingo de Ramos pespunteado por los vértices de los celestes capirotes de raso, lo vuelvo a revivir cada año en la espléndida cita con la Puerta de Córdoba. Después me llega el recuerdo ineludible de un luminoso patio con olor a buñuelos de bacalao y un rayo furtivo de luz que penetra por la siempre abierta puerta de un corredor atiborrado de macetas, allí, sentado en una silla de enea los ojos de un niño que no se cansaba de mirar el viejo albúm de la colección de tarjetas “escudo de oro”. A lomos de su gloriosa “lambretta”, el tete Fernando me llevó un Lunes Santo al Parque a esa hora en la que el Cautivo, funde el portentoso color de su barroco paso con la fronda exuberante de los jardines románticos, tan romántico como la bella estampa que desde entonces se me coló en los sentidos. Después marchábamos a un barrio en la diáspora de Triana que más bien parecía un pueblo blanco, donde los naranjos rebosantes de azahar trenzaban con las túnicas de los nazarenos la enseña fragante de una primavera única. El Martes Santo me enseñó que el milagro de la Semana Santa se produce en San Esteban, cuando el vaivén airoso de unos varales, sortea
a –grito vivo de emoción- la ojiva dentada de la arquitectura mudejar. Entonces daba tiempo ver la explosión de júbilo en plena “calzá” y fui testigo de su mano de la primera salida del Cristo de la Sangre y el estreno de sus correspondientes pasos, que llamaban mi atención por figurar sus canastillas en el más puro estado de madera virgen. Poco a poco me fui aprendiendo de memoria aquella Semana Santa, tan diferente a la de las sillas de la Avenida, y quise saber más de quienes la idearon, de quienes concibieron la magia puesta en escena de esos pasos de misterios donde Sevilla superaba a la misma Roma triunfante en airosos cascos de plumeros, tronos y lanzas. Una tarde de Miércoles Santo, a la sombra de un bar de la Alfalfa, me cegó el prodigio del Palio de la Virgen del Refugio, me envolvieron las notas de una marcha –no preguntarme el nombre- anduve como un poseso detrás de su manto, perdido en la fronda armoniosa de su exquisito bordado, vergel de rosas de seda plantadas a realce del terciopelo grana. Desde entonces no he parado de aprender, como nunca termino de dar gracias por la luz que estos días me acercan a sus brazos tiernos. Son tus brazos –hermano- que me hacen levitar de nuevo en el albor de cada primavera.
        Se me quedaba en el tintero -craso error- la alta noche del Sábado Santo, cuando su cofradía trinitaria venía de vuelta cubriendo de parsimonia y melancolía la ancha ronda, yo me reencontraba con esos tiernos brazos que vestían su hábito nazareno bajo la airosa capa aprendiendo el peso en oro de lo que vale un cirio encendido a punto de cumplir felizmente su estación de penitencia.
    

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