jueves, 27 de diciembre de 2007

AYER BAJÉ A SEVILLA

Ayer bajé a Sevilla, como la misma frase: “de cateto”, aparqué en Hacienda -yuyu-, fijé la vista en la desvencijada cara de la Casa de la Moneda, me entretuve evocando el magestuoso sitio del antiguo Coliseo España y arribé en la Avenida, como un auténtico “cateto” alucinado. Poco necesita Sevilla para llamar mi atención, menos que yo mismo en quedar fascinado por su presencia. Lo cierto es que la encontré primorosa como la caida de su tarde serena y el color indecible de su cenit. Me asomé a la Puerta Jerez donde me volví a sentir más “cateto” que nunca como el que estrena mirada rejuvenecida con zapatos nuevos. No me rayaban ni las incongruentes parafarolas, ni los rústicos bancos de ikea, nisiquiera el entresijo indecoroso de las catenarias, primaba la paz y el sosiego de los “catetos” de los muchos catetos venidos de todos los rincones de la invicta ciudad, para tomar esa esplanada, que hasta hace poco, había que cruzar jugándose el “estrés” de su pleno tránsito rodado. Ví, como disfrutabamos -como auténticos “catetos” los sevillanos, contemplando la fuente mítica de los “niños meones”, el Hotel Alfonso XIII en todo su esplendor y el remodelado mudejar de la Capilla Mariana sede del Consejo. Confieso que iba predispuesto a censurar a esta nueva lAvenida, mi Avenida de tantas Semanas Santas como la edad que tengo, pero me quedé prendado mientras paseaba por ella libremente, disfrutando las caras de cateto de los muchos niños que la transitaban de la mano de sus padres, improvisando rodos para ver actuar a los varios artistas callejeros que amenizaban la velada navideña. Solo me faltaba pasar la prueba de fuego, ver con mis propios ojos de cateto espectante -el tan polémico injerto del metrotrén-metrocentro, que tanta tinta como polémica ha derramado. No sé si sería el brillo de las luces que festoneaban la arboleda y resaltaban los contornos del histórico caserío, quizás “el espíritu de la navidad” puso algo de su parte, pero lo cierto y verdad, repito, es que me sentí “cateto” , cateto -convicto, confeso y sobre todo orgulloso, porque hasta el dichoso tranvía me pareció agradable, con su acústica romántica de aviso de tren de cercanías; esperaba escuchar el estruendo dichoso, el atronador ruido que hacía vibrar las lunas de los edificios -según había leido-no era para tanto, es más lo encontré de lo más peregrino, si se compara con el estrépito que produce una sola moto en los puños del un gamberro de turno. Ay, ay, ay -Julia Romula- de mi corazón, por mucho que se empeñen tus políticos y “aduladores impávidos” en degradarte o alterar tu estética con las nuevas tecnologías, tu eres como las viejas catetas que: calla, vence y ...

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