SOLO TU, SEÑOR

EL SEÑOR EN CLAUSURA...
Solo tú, Señor de los pies descalzos y la corona serpenteada de espinas, pudiste conseguir que volvieran los vencejos a proclamar los gozos de esta mañana postrimera de abril; el sol había esperado más de cuarenta años, para volver a verte desde la altura donde su luz se filtra entre las copas de los viejos plataneros, curando las heridas de tu rostro con su beso de vida. Solo Tu –Altísimo JESUCRISTO- podías congregar a tantos fieles sin sermón ni montaña. Trescientos ochenta y siete años después que el venerable Juan de Mesa te labrara, dejando en evidencia la razonable duda, que si fueron realmente sus manos o la sabia ascendente de la misma raíz de la tierra, la que transformó el noble cedro en prodigiosa zancada del hijo del hombre. Solo Tu, Señor, con una cruz al hombro y un nombre tan arrogante como humilde, eres capaz de poner en pié a esta quejumbrosa Jerusalem-hispalence y devolverle el consuelo que día a día demanda en sus Interminables visitas. No hay mayor argumento que tu imagen, palabra de Dios que cosecha el silencio. Hoy has salido a nuestro encuentro, devolviéndonos la paz que tan angustiosamente buscamos, hoy ha brillado como nunca en la mañana, el lucero morado de tu sencilla túnica, la soga que te anuda el cuello y faja tu cintura, tus manos delicadas, sembradoras de bendiciones, tus quebrados piés descalzos y ese talón sellado por la espiral eterna de los besos. Sólo Tu, SEÑOR DE SEVILLA; solo Tu, Altísimo GRAN PODER.

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