martes, 1 de julio de 2008

CUENTOS DEL PUMAREJO

El reparto de la "metadona" (verano 1.997)

Las autoridades sanitarias, no pudieron escoger un lugar más propicio, para proceder a efectuar el “reparto” de las dosis de “metadona” prescritas (fármaco sintético, mucho más eficaz que la morfina contra el dolor, que sustituye los efectos estupefacientes de la heroína, sin llegar a producir las secuelas de esta última droga) a estas desventuradas criaturas, desde el Centro de Salud ubicado en el corazón de la consabida Plaza. El lugar más propicio –escribo- por si éramos pocos, para juntar el hambre con las ganas de comer. A esa hora que coincide con los primeros turnos del comedor –entre las doce y las catorce – comienza el fascinante espectáculo; los unos revueltos con los otros –Dios los cría y ellos…-saturando la atmósfera de un patetismo delirante; una humanidad variopinta, fundamentalmente compuesta por jóvenes “enganchados” que esperan un turno establecido a discreción , a través de las consignas que se van intercambiando entre ellos, como auténticos autómatas, guiados por la ansiedad de cada particular síndrome de abstinencia. Desde la posición privilegiada que me ofrece mi puesto de trabajo, he tenido la oportunidad de ejercer como involuntario testigo de sus cuitas y desvelos y, me atrevo a transcribir –guiado por mi afición a la literatura- algunos de sus habituales temas de conversación, como puede ser el que a continuación les relato: Está una joven pareja, apostada en uno de los bancos situados frente al centro de salud, compartiendo por supuesto su inseparable “litrona”, ella es morena, de mediana estatura, enjuta y de movimientos lánguidos –como el resto de sus colegas, estragados por la soñolencia que produce el efecto de los estupefacientes-, podría tener, entre los veinticinco y treinta años de edad, su rostro –de facciones agradables- está salpicado de acné juvenil. El compañero es también moreno-castaño, de mediana estatura, afecto a la misma edad; viste chamarreta de color rosa fucsia que muestra los antiguos esplendores de una prenda notoria, perteneciente a la marca, “american campus”, se mueve de manera vertiginosa, como manipulado por el control radar de alguien y habla atropelladamente hilando frases sin sentido, que solo pueden traducir en su jerga: “¡quilloooo, é´estao allí…y ná, que la tía quería marcha…y como no se la daba, se puso grasiosilla, la hijadeputa!...ahora me´viá fumá un guinstito…cucha..¿quierej uno?” –Le increpa, desde lejos a su compañera, mientras empina el codo, dandole un trago a la litrona a medias-. Cerca de la pareja, hay un grupo de colegas ocupando banco –no necesitan presentación- uno de ellos, bien parecido, interpela a nuestro protagonista de la chamarreta fucsia: “…que te iba a desí: ¿la metadona coloca…coloca la metadona? Automáticamente responde la chica de la cara picada de acné: “¡la primera semana –sí, te coloca- paqué vamo a desí…mogollón…pero aluego despué, ná de ná, te lo digo yo!”. Acto seguido, se entabla un delirante debate entre los miembros que ocupan los “escaños” de piedra en la meritada Plaza, intercambiando impresiones sobre el efecto de las sustancias estupefacientes que van sesgando sus distintas vidas contrariadas –entre trago y trago de cerveza e intercambio intensivo de cigarros- hasta que alguien sale de pronto, como un toro del chiquero, por la puerta del ambulatorio, dá la voz y se produce la estampida. Poco después, se hace la calma; cada uno marchó con la correspondiente dosis de metadona, ¿Dónde irán?...no lo sé, pero seguro que volverán para el próximo reparto, los envases de vidrio de las “litronas” esparcidas por los alcorques de la Plaza, son la marca indeleble de tan lamentable subsistencia. Son ahora las 15´15 horas de la tarde.

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