viernes, 2 de enero de 2009

A PROPÓSITO DE ENMIENDA

Ayer brindé a la luna bajo un cerco nublado; brindé vestido de fiesta color espumoso que no es champáng, sino cava barato expedido en las grandes superficies; brindé por dar un beso y recibirlo con el calor de un abrazo forzado por los mejores deseos.

Subí al cielo de la azotea para ver el cielo de tu nombre, siempre en mi boca, festoneado por un bombardeo multicolor que dibujaban jardines de fantasía. Se me iban las palmas al compás de esas coplas cuyas letras todos nos sabemos pero nadie recuerda.

Un trago y otro trago para aliviar la garganta reseca de los que no somos artistas, pero sabemos mucho de arte. Brindé por el mañana, cuando solo era una noche más de un nuevo día que aún no había amanecido. Brindé por el futuro a quien no tengo el gusto de conocer de cuerpo presente; brindé por los ausente, por los que ya no están, por voluntad divina o por su propia voluntad que es igual de divina o más si cabe; brindé por los miedos de tantos semejantes que viven bajo amenaza; por el desequilibrio de las balanzas; por la ceguera de la justicia; la falta de tacto de los violentos; la ausencia de paladar de los políticos y el oído sordo de los gobernantes.

Después del delirio, una noche más, desperté –nada nuevo bajo el sol- solo que esta mañana estaba oculto tras las nubes y tu nombre apresado en mi boca, sufriendo cadena perpetua; precioso, solemne, eterno como un lamento mojado por la lluvia. No es preciso nombrarte, se siente como la más profunda evocación, como un eco que musita el alma: mañana iré a verte –Hoy primer viernes de mes, primer día de Quinario-

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