martes, 23 de junio de 2009

sin ORGULLO gay



El murió sin poder expresar todo su orgullo gay. A los 49 años en la flor de su vida, víctima de la enfermedad terrible que en la década de los 90, era prácticamente peor que la peste. Era el niño bonito de la familia; el hijo mayor que quisieron tener sus tías; el ídolo de sus primas; más que un padre para sus sobrinos; el cuñado perfecto… Tenía el mismo “look” de Raphael en los 60, el mismo pelo de sus películas románticas, las mismas camisas de “tergal”, el nudo minúsculo de la corbata, vestía los mismos “jersey”, el mismo abrigo “foan dugan”, los pantalones pitillos, los zapatos de punta. Fue el mismo Tony Manero en los años 70, camisa entallada, pantalones de gabardina acampanados y zapatos de plataforma; soltero de oro en la casa de vecinos, y causa de fascinación de todas las muchachas casaderas, intrigadas por la discreción de sus famosas salidas nocturnas. No pudo expresar su orgullo, ni gritarlo a los cuatro vientos, él murió apestado por la tremenda enfermedad del SIDA. El que era el mismo escrúpulo personificado, el dedo acusador o la lengua viperina de chulos, putas y maricones, el misántropo empedernido que no estaba a gusto en ningún sitio sin protagonizar un numerito de desprestigio y humillación hacia cualquier persona o cosa que no fuera de su agrado, para después transformarse en el centro de atención; el anfitrión perfecto, el patrocinador y la estrella principal en el firmamento de sus montajes improvisados. Su madre lo sabía, como todas las madres, que egoístamente sacrifican la felicidad de sus hijos antes que perderlos, por eso no quiso perdonarlo en vida –cuando tanto se lo suplicó- y lo condenó a morir de vergüenza, antes que reconocer su orgullo. Es triste y sucia la vida, cuando mueres callando o te mata el silencio más crudo y terrible, el amor de los besos que son bofetadas en las mejillas; el cuidado y la atención casera, que descuida y desatiende al mismo tiempo el clamor de la solidaridad y el apoyo que demandan las personas que sufren por los demás. No es lo mismo salir del armario con el orgullo adicional de que te abran la puerta, que tener que salir a hurtadillas y esconder las llaves. El pagó un precio demasiado alto, confundió el orgullo con la vergüenza que pudieran sentir sus seres queridos al conocer un secreto que era a voces.

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