viernes, 18 de septiembre de 2009

AGUAS PRIMERAS


Rula viento noroeste que hace oscilar tu escudo de bronce como faro que guía la senda inescrutable donde migraron los vencejos. Huyeron las aves a sus nidos, bajaron las nubes con forma de llave para cerrar el cielo. Sabiéndote cerca, los truenos no quisieron despertarte del sueño; sólo el fósforo del rayo, encendió tus dominios con luces de espasmos. Tus ojos se tornaron, se estremeció tu cuerpo de giganta enfrentada a la soledad de las alturas y brilló tu sonrisa alabando el olor a tierra mojada que te acercaba el aire. Son las primeras, no por lejanas en el tiempo, sino por esperadas; aguas, que no lluvias, porque aún no han recobrado la fuerza torrencial con la que te bautizan cada año. Son las primeras aguas, insolentes, soberbias, que llegan como un mayo celebrando la espalda mojada del juego inocente ó sembrando desgracias con ímpetu irrefrenable, al correr desbocadas con sus crines al viento de levante. La augusta dama, ya ha sentido su pertinaz caricia, nosotros –mientras tanto- gozamos con el nuncio de su gris elegante, apenas las perlas de un rocío con transparencias malvas, que van cuajando el aire de pureza. Los cristales reflejan tus lágrimas primeras, la tierra palpita jadeante desde su árido suelo de adoquín o barbecho: Madre de todas las vidas, diosa de la fertilidad, dadnos tu riego y muéstrate benevolente, romántica y sabia en tu llegada, aunque nunca lluevas a gusto de todos.

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