jueves, 8 de octubre de 2009

APRENDER A ENSEÑAR


Conozco un profesor, que ese sí que tiene que estar subido sobre una tarima, no porque sea bajito de estatura, sino porque tiene vocación y hace de su docencia arte. Este profesor, no imparte sus clases, las cuenta y recrea como en realidad ha de hacerse con la historia –es decir- transforma la historia del arte, haciendo arte con la historia. Sé de buena tinta que sus alumnos lo quieren y respetan más que al resto de los profesores, quizás sea por su sentido del humor, la sabia manera o el ingenioso método de salpimentar la seriedad con buenas dosis de ironía y sarcasmo, rindiendo culto a la literatura sin rehusar a la dialéctica más picarona; seriedad pero no tristeza, picardía y retórica malsonante sin rehusar al regusto ni perder las buenas maneras. Muchos profesores, como este querido profesor, necesita la enseñanza cuando el sistema falla. Y no es que falle el sistema por razones tan políticamente incorrectas como una tarima para elevar la dignidad de un profesor, un uniforme para no establecer diferencias de ropas y marcas o una masificación en las aulas de la enseñanza gratuita y obligatoria. Falla el sistema, entre otros muchos debates demagógicos, porque un profesor , no puede impartir clases de Historia o Literatura, estando especializado en matemáticas o educación física. Y si no tiene más remedio que hacerlo, por razones obvias o circunstancias del servicio y ó falta de medios de la Delegación, ha de tener el suficiente sentido de la responsabilidad docente y sobre todo la VOCACION de impartir las clases lo más dignamente.
Se comprende que una clase de matemáticas ó física, provoque –en principio- el asentismo y aburrimiento entre los alumnos; que el profesor que las imparta tenga que luchar con el problema adicional que estas asignaturas conllevan: ¡valiente plasta!, en el mundo de la información donde todo te lo dan hecho (desde san Google hasta vago´s). Todo un suplicio, tener que resolver logaritmos y fórmulas quánticas, sin embargo es posible, gracias al esfuerzo individual de cada alumno y sobre todo al método didáctico que utilice el profesor (estas ciencias podrán ser todo lo exactas que quieran, las personas no lo somos.)
Ahora viene la segunda parte que uno no comprende, tanto como ex -alumno fascinado por la Historia del arte, la literatura y la geografía, como en calidad de padre que sufre los agobios de una hija estudiante, quejándose constantemente de la falta de calidad de profesores en estas materias .A lo mejor es mala suerte, que en el caso concreto de su instituto, no haya un profesor capaz de transmitir su vocación, el amor por la Historia del arte, no se puede ocultar con excusas de falta de atención o de respeto, acusando a su clase de pasotismo en particular y la juventud o adolescencia de díscola en general. Cuando un profesor ama verdaderamente su oficio y además tiene la suerte de impartir la materia que le apasiona, termina convenciendo a sus alumnos y lo hace por la sencilla razón que a otros colegas les resulta tan difícil de demostrar, que la enseñanza consiste en algo más que enseñar, que hay que saber vivirla para contarla, como hace este querido profesor, con las hojas de su almanaque de Sevilla.

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