domingo, 28 de febrero de 2010

NAZARENO DE DULZURA




Amenazaba el cielo nubes de Viernes Santo, la marea del río subía con intrigantes aguas, los juncos de la orilla templaban en brisa los aires del puerto. El puente recordó que aun no existía, ni siquiera las barcas lo cruzaban. Volvieron los antiguos bajeles cargados del oro de indias a atracar en los viejos malecones, todo volvía a ser como hace cuatro lustros; intenso y recién tallado por las gubias del tiempo. La Parroquia alfarera velada por los rojos cirios, se traslado a los años que fue hospicio, venda para curar heridas, sangre de la misma cera sacramental que hoy arde como ayer, precediendo tu camino. Y el que anduvo en la mar, salio a Triana calle abajo artesana de Castilla. Llevaba el sol poniente en la luz de su rostro y en la cruz de carey, el brillo de tarde se abrasaba a sus manos –bendición de dulzura- a su paso, el horizonte gris en lontananza, ensayaba un ocaso imposible a las puertas del zurraque. Esa noche el tiempo, eclipsado ante el dulce Nazareno, no tuvo tiempo siquiera de decidir si era aquel viernes de cuaresma de hace 325 años.





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