PALADAR

Parecía que nunca llegaría y llegó como palabra de dios anunciada por el pregonero. Llegó la tarde antes, luminosa en el cielo de la ciudad Jardín; jardín de infancia estrenando misterio de bulla y cofradía de barrio. Y aunque llegó, no la reconocí en su principio de traje de chaqueta y medalla, rodeando su mundo de aleluya, reflejado en los ojos de mis dos niños vestidos de monagos. Parecía que la luz, nunca terminaba de bajar el domingo, desde la cornisa del aljarafe hasta los plataneros de San Lorenzo, ni aún cuando la miré en su rostro de oro viejo, como la más espléndida cartela jamas creada para el Varón de Dolores. Tu realidad es tan insuperable, que me resulta distinta, superior a los sueños por muy hermosos que parezcan.





. Y estaba allí, en el dintel de la puerta ojival, recortada por las cortinas. La Luz bordada en su manto, como una antología de sol y terciopelo Burdeos; el cielo cobijando su amargura, imposible de abarcar con una sóla mirada, pero hay miradas tan suaves e intensas que se llevan puesta la esencia de lo que ven y sobre todo hay cosas que ver, que no necesitan más que una sola mirada. Parecía que nunca llegaría –que verdad, pregonero- que al tenerla entre las manos, se enturbia y desaparece como la plenitud del aroma de azahar, tan penetrante como efímera, tan vaporosa y sutil como el incienso y la flor que la sostienen, tan viva y auténtica como la Rosa: “no la toqueis, así es”…La ví venir, que es como mejor se vé de llegar; desde el Porvenir alzando la primera cruz de guía –la de la Paz- que estuvo una semana entera paseando entre nosotros.

Un cielo color de cada capa nazarena y uno celeste, envuelto para mí, en la túnica sagrada de San Esteban, después de más de 20 años sin salir, me permitiste el lujo de estrenar los azules que se calan por la maya del transparente palio. Tardes de luz radiante por Placentines y Alemanes, troncos de naranjos en flor que quisieron ser cruces arbóreas entre las que revolotean los vencejos que anuncian al Cristo, parecía que nunca llegaría y fue –un año más fiel a la cita- haciendo diferente la misma revirá, igual de perfecta, sonó distinta –quizás fuera otra marcha- la tuya, la nuestra, esa que suena a gloria en los oidos del corazón. Noches de brilos con palabras mayores, Pasión y Penas por los caminos de la caridad, que llevan a la perfección de una mañana fruto de la madrugada más hermosa. Esplendor del barroco que entro por la puerta de San Miguel, para dar a luz la joya flamígera de la Esperanza. Y así se nos fue para siempre volver a mirarla en los espejos de la nostalgia. Su exquisito paladar, amén de hacernos felices los días del gozo, nos deja el regusto de saber que ya hemos comenzado a esperarla.




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