MADRE PURISIMA DE LA ESPERANZA

LA MACARENA POR LAS AVENIDAS.-




Pasarán mas de cien años, muchos más, para que el camino de la cruz, se cubra con la sonrisa de la santidad o la santidad de una nueva sonrisa, brote en el rincón más olvidado por la indolencia del hombre. Para las alpargatas de la caridad la distancia no es olvido, saben llegar por parejas sobre los pies con su costal de estameña, allí donde la necesidad es dominio de la gracia de Dios. Yo no sé si será un sueño o realidad íntima de la ciudad donde es posible que se produzcan los milagros, pero si sé que la Esperanza es el camino más corto para guiarnos.



 La Esperanza es fuerte como Torre de David, radiante y hermosa como Torre de Márfil, anclada en las orillas del rio grande de la fe y peregrina embajada de los grandes acontecimientos. Madre Purísima que resuelve por juicio sumarísimo, todas nuestras dudas e incertidumbres y dicta la Sentencia más justa y unánime. La Esperanza quiso estar allí –como en lugar de siempre, presente- y atravesó la distancia olímpica que separa predicar la caridad a los más poderosos con el ejemplo de practicar las obras de misericordia. Marchó al encuentro de Madre María Purísima por las avenidas donde residen los más deprimidos –los dominios de la Cruz de Santa angela- las sendas del olvido que visitan diariamente las limpias de corazón por parejas arrastrando las alpargatas de la caridad. Nadie lo creería, si no es al ver en la nueva madrugá de este viernes de gloria, la refulgente Esperanza perdida y hallada por las extensiones de su más vastos dominios, repartiendo la gracia de su bendito nombre. La Reina y Señora de las huertas, fertilizando los campos alfombrados de asfaltos; llenando las glorietas inhóspitas, estrechando las rondas donde nunca tuvo cabida el cuidado esplendor de su estética ni la suprema expresión de su hermosura y atravesando el puente que despide la ciudad del río, como un gigantesco arpa, a cuyas cuerdas arrancó la luna los más dulces maitines a su paso. Bendito sea el glorioso acuerdo entre la Esperanza y Madre María de la Purísima, ese guiño que le hizo la caridad vestida de estameña al memorable curso de la hispalense historia.


 La Cruz alzada de los desposeidos, que alcanzó la Esperanza hasta los hospitales; el milagro que hizo posible la realidad de tantas oraciones, de tantas lágrimas, de tantas emociones contenidas en la noche cuajada de intenciones. El olor de la santidad impregnado en los nardos de cada esquina por donde pasó –para siempre jamás- la Esperanza, con su mezcla sublime de sonrisa y de llanto. Pasará más de cien años –muchos más- pero el camino más corto hacia la cruz, continuará siendo la Esperanza: Madre Purísima que nos muestra que la distancia, nunca será obstáculo para llegar a los más necesitados, aunque la caridad empiece por uno mismo y termine por los más próximos.



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