miércoles, 2 de febrero de 2011

Santa Catalina, ¡YA!


Hace tiempo que quería escribirte y el miedo me convertía en ruina cualquier conato de inspiración; el miedo se hacía rutina solidaria de tu estado de dejadez, de tu abandono, de la desidia que escarba con su dedo acusador, un caliche más de tu desconchada ruina. En las tejas reparadas de tu techumbre, está la patata caliente de los poderes públicos, la piedra arrojadiza que mutuamente te han lanzado las instituciones responsables de tu conservación. Con la Ley en la mano, Patrimonio evade el compromiso con las arcas vacías de fondos; con la norma en la otra, la Junta hace tuya su ruina con la malversación de sus subvenciones; con la socarrona impotencia de las arcas vacías y su buena voluntad, el Ayuntamiento y Palacio se personan como verdaderos fantasmas en la causa y todos, amparados por el pacto de un silencio vergonzoso, caen en la trampa de la cruda realidad del fracaso. No esperemos por tanto que caiga la breva –ahora que se acerca la cantinela del “vamos a contar mentiras” de Mayo-, somos NOSOTROS, los ciudadanos, los sevillanos, la población civil; los hombres y mujeres de “a pié”-de calle-, los que tenemos que movilizarnos; hace tiempo que lo hicimos, el mismo tiempo que perdimos en escribirte con nuestros lamentos, con nuestras tinta hecha goterones de lágrimas y quejas vertidas en blogs, webs y artículos de opinión bajo el lema SALVAD  SANTA CATALINA. Pero nuestra acción no tuvo la reacción esperada o al menos cayó en la trampa de la política que tiene el arte de no cumplir sus promesas de oficio. Varias son las páginas, que en las redes sociales, abanderan la causa de nuestra vergüenza; las voces se elevan y conjuran, desde los medios de comunicación locales, parece que todos estamos dispuestos a la lucha, pero nadie coordina la general indignación. Se hace preciso una cabeza visible que nos guíe en esta cruzada, como lo fue en el Salvador, el ingenioso hidalgo, Joaquín Moeckel .Alguien que se suba en el púlpito de esta Sevilla rancia, para arengarnos, con remedios tan poco artificiales como –un euro por cada cofrade y capillita; otro por una cervecita de menos en “el tremendo”; otros tantos por el tabaco que dejamos de fumar; el de más allá por cada hermano costalero; el otro por las comisiones que cobramos por el mangaso; el CGHHCC por la fundación tal; los colegios de profesionales por la implicación cual; el Ateneo, los círculos mercantiles, industriales, Asociaciones, Clubes y un largo etc., que se sientan implicados en esta vergüenza colectiva contra el patrimonio memorial, inmemorial, artístico, histórico y sentimental, como es la Iglesia de Santa Catalina, donde como diría el más rancio de los profesores: “se puede impartir sin salir de allí, la más extensa clase de historia del arte”. Más que de escuchar de nuevo el “cuento de la lechera política”, ahora  lo que se trata es de pasar a la iniciativa –como decían nuestras venerables abuelas- hacer la cuenta de la vieja, con nuestras propias manitas: SALVAD SANTA CATALINA, ¡YA!    

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