martes, 22 de marzo de 2011

El sabor amargo de la primavera






En la primavera de aromas derramadas al pié de los naranjos, hay un sabor de almendras amargas que contamina el aire. El dolor del alma, nunca tuvo puesto mejor nombre en el rostro de María: Tristezas, Desconsuelo; Angustia y Amargura, reflejada en tantos hermanos que sufren la Pasión,  consecuencia de esta escarnizada crisis. Desde la cúspide del espectacular altar de Cultos, el Dios de la Luz parece lanzar a sus cofrades- seguidores la rigurosa interrogante: “Y vosotros quien decís que soy Yo”…Tu eres el hermano "parado" que todos tenemos en la familia; el padre de acogida que comparte y reparte el único sueldo que entra en casa; el hijo que con su carrera terminada (fatiguitas de la muerte) no encuentra salida y ejerce de las sobras que le echan a “los becarios” los grandes ejecutivos…Tu eres el joven desorientado que nada en la vorágine de un mar revuelto en incertidumbre sin rumbo y a la deriva, refugiado en sus estudios o formando parte de la masificación universitaria…Tu eres la madre, que todo lo asume, que sufre en silencio las cuitas de todos y aún tiene aliento para sacar fuerzas de flaqueza e infundir ánimo. El eco de la plegaria resuena, intranquilo por este valle de lágrimas: “Tu eres el Cristo de las Penas, tus manos atadas desgastan sus nudillos llamando a las puertas de la necesidad; la cruz se hace cada vez más pesada y el Cirineo siente la vergüenza de su dignidad situada en el umbral de la pobreza.” En la primavera de aromas derramada, llegada la hora de sacar la papeleta de sitio, se hace necesario resolver esa otra "papeleta"  del dolor ajeno, de la falta de medios, de la impotencia frente a la pérdida masiva de puestos de trabajo y la amenaza fehaciente de embargos y desahucios. Hacen falta mayordomos de la Caridad para estos Cristos del Desamparo y Abandono en la cuaresma de verdadero ayuno y abstinencia. Secretarios solidarios que den fe, de la situación imperiosa que atraviesan sus hermanos. Hacen falta túnicas que los vistan de dignidad, tela marinera que multiplique el pan y los peces; varas repujadas que se conviertan en cayados para aliviar los caminos; mantos y palios que troquen sus relucientes bordados por el oro impagable de la misericordia y el amor. No es que falte buena voluntad en los cofrades, ni el capítulo destinado a la caridad,  brille por su ausencia, es que para salir a la calle dando testimonio de nuestra fe, el verdadero paso de Cristo, no necesita otro estreno que compartir lo poco o mucho que tenemos en estos tiempos de crisis, ni María mayor esplendor que ser pañuelo donde enjugar el llanto, por tantas familias desesperadas.

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