martes, 14 de junio de 2011

la ciudad de los talentos

Hay un momento en la vida en el que los padres se vuelven hijos y los hijos padres. Es el momento en el que los padres necesitan la protección y el consejo, la yuda y el apoyo que demanda cierta edad y los hijos comienzan a comprender y valorar el sacrificio de sus progenitores en el pleno ejercicio de su responsabilidad como cabezas de familia. Es entonces cuando se produce el relevo generacional, esa especie de examen de selectividad en el que tendrás que esforzarte por sacar buena nota y no caer en los errores pretéritos. La ilusión por el futuro de un hijo, frente al desengaño y el cansancio de un padre -cruce en el camino de ida y vuelta- punto de encuentro, donde nos miramos los unos a los otros en sentido contrario y con distinto reflejo. Lo mismo le ocurre a los políticos, hay un momento en el calendario electoral, en el que los liberales se convierten en conservadores (cuando pierden las elecciones) y los conservadores en liberales (cuando llegan al poder). Como naturales de Sevilla, tuvimos la oportunidad de comprobarlo en la toma de posesión del gobierno municipal, donde se produjo un discurso por parte de los portavoces de los concejales electos, que bien pudiera ser el de la cuadratura del círculo. El limputado Señor Torrijos, se erigió como el apostol que lee la cartilla a los corintios, hablando de votos prestados, de votos de castigo y manipulación mediática, frente a la intachable política progresista que había desarrollado su grupo en aras de un nuevo testamento: la sostenibilidad de Sevilla. De todos es conocido el amplio conocimiento que tienen los liberales de las sagradas escrituras para adornar sus discursos con versículos y citas extraidas del evangelio. En cuanto al Señor Espadas, es público y notorio que entró a matar haciendo acopio de su apellido, pero pinchando en hueso, ya que el impulso de su pretendido alarde en la oposición, se convirtió en el más conservador de los propósitos, ya que el anterior Alcalde militante de su propio partido había tenido doce años, para llevar a la práctica las líneas generales que ahora exponía levantando la Espada desde la oposición. En ese momento, se produjo- dentro del ambiente caldeado por la alta temperatura física y química que se respiraba en el Salón Colón- la más liberal de las intervenciones a mi juicio, la de un Alcalde electo que habló del talento de una ciudad como Sevilla; que habló de austeridad, honradez y honestidad, valores sensiblemente olvidados por los regidores que historicamente, han hecho de sus dedos huéspedes y nos ofreció -en pleno- el bastón que su antecesor en el cargo, no tuvo la gentileza de traspasarle. En una ciudad tan chuminista y rancia como la nuestra, donde los hijos no olvidan a los padres, porque las costumbres y tradiciones de su singular belleza, se han transmitido siempre de padres a hijos, pesan mucho estos detalles de desprecio y la falta de respeto se paga con la indiferencia a los que no saben interpretar el sagrado lema de su escudo: "Sevilla no me ha dejado...¡ay quien ignore a Sevilla".

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