domingo, 19 de agosto de 2012

Cuando pasen siete años...

La espera no podía esperar más para verte después de siete años de crisis, caida y depresión; cada cuenta de ese rosario que no llegó a las diez avemarías, era una lágrima confusa en el reloj sin tiempo de las arenas del Rocío, las mismas arenas trilladas por las huellas de los romeros que se llevan las suelas del sol en sus raídas alpargatas. La espera apenas tiene el tiempo justo de afanarse en la lucha desordenada y caótica por alcanzar tus andas y posarte -Paloma tocada de Pastora-en la explanada marismeña donde tu dulce y sereno mirar, se cubre con la seda del mejor de nuestros pañuelos y el capote recio y acendrado de la devoción, te cubre y proteje del lubricán ardiente del camino. Será a la puesta del sol, porque Tu eres más pura y más hermosa que las perlas que ocultan las aguas donde abrevan los potros; los aguerridos brazos almonteños, cargarán con la gracia de llevarte -arca de la Alianza- en volandas, nimbada por la tormenta que levanta el polvo peregrino de la Fe. Tanto amor desmedido marca la distancia que separa tu ermita de tu pueblo; quince kilómetros alfombrados de arena; el surco del arado que trazan las abuelas portando Tus atributos de plata -carretas del saber- que cultivan la tierra emulando el paso majestuoso que siguieron los bueyes, tanta dicha en su mirar cansado, desbroza el desaliento y recoge cosechas de esperanza...¡ay quien pudiera, sembrar por el camino la luna nueva!

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