domingo, 28 de octubre de 2012

El Gran Poder ya tiene quien le escriba


Cada año vivo intensamente la elección del Pregonero; es como sentir la enorme ilusión que conserva el que nunca lo pronunciará y la sorpresa indecible del que es designado, cuando ni siquiera la idea pasa por su cabeza. Y tiene que ser así, para alguien que conoce la experiencia y la responsabilidad que supone subirse a cualquier atril -no porque se trate de un atril cualquiera, incluyendo al de la Basílica o el monumento de la magna hispalense- sino al verdadero atril donde sabes que te escucha Sevilla entera y gran parte del universo cofrade, el teatro Maestranza. En esta atmósfera de plata que supone el otoño, según la acertada metáfora, tan rancia como afortunada, que la sensibilidad literaria del ilustre Paco Robles cita, últimamente, cuando el tiempo se confunde con el mismo temple de la primavera, alternando sus oros y sus grises, sus nubes de diseño, sus claros y chaparrones con la alfombra de hojarasca, invernal, crujiente e inodora, la elección del pregonero es como dos faroles de cruz alzada que bajo el dintel de una puerta, nos anuncia que sale a la calle una gloria. Una gloria, que a veces sorprende la lluvia ensayada de la manipulación, el figureo y los filtros masivos que por amor al arte, bombardean las redes sociales con la exclusiva de una noticia que se da a conocer, mucho antes de ser anunciada oficialmente. Nada que ver con las quinielas; ternas y elucubraciones que barajaban las encuestas gratuitas de los mentideros cofrades y saraos extraoficiales que se citan en las mesas trapezoidales de los programas de Semana Santa que pueblan las radios y televisiones locales. La mayor sorpresa fue la misma noticia en sí, cuando dividió en opiniones no sólo a los miembros y mayores de penitencia en el Consejo (cosa que viene siendo habitual cada año) sino, el chaparrón con granizos de Martes Santo, que supuso apostar por un joven “desconocido” -tan joven como apostol amado- en el que pocos pensaban. Y es cierto que me alegré de verdad de la buena; de verdad que en verdad os digo, porque estoy harto de periodistas jóvenes y menos jóvenes que rellenan cada año su quiniela personal en base a la influencias que ejercen en el mundillo cofrade, el micrófono que blanden o la pluma con que escriben; estamos -y creo poder hablar, haciéndome eco de la opinión popular- hartos de paladines y comunicadores, de falsos pregoneros, amigos, aforados y conseguidores, que cobran sus favores, subiendo cada año el peldaño de Esperanzas y Glorias que le llevará al gran teatro de la Real maestranza de las vanidades. Y el pueblo mientras tanto, escuchando atentamente el silencio de los corderos, atendiendo la incomodidad soporífera que supone más de dos horas sentado en la butaca, la palabra del santo evangelio según san Juan José, para después soportar, entre bastidores, el comentario rotundo e insaciable del ex-pregonero de turno: “ha sido un pregón muy sevillano y comprometido con la iglesia”. ¡Ande usted ya don...sálvese quien pueda!; que los cofrades venimos de más de 60 quinarios con sus respectivas funciones principales, atendiendo panegíricos; entonando el “mea culpa” y cantando el “perdona a tu pueblo Señor” por las calles  un Vía Crucis interminable de cuaresma. Que los cofrades y sevillanos no tan cofrades -como dice y muy bien dicho mi mujer- queremos sentir el Domingo de Pasión, lo que estamos deseando ver: La Paz, fundiendo su rutilante blancura entre los encajes verdes del parque; la ilusión hecha niño en brazos, por la Presentación del Señor la barrio de la calzá; el rachear por la estrechez de gravina del Señor de Sevilla; el magnífico macareno amanecer de la noche más hermosa y el cielo cobalto que cubre la infinita cúpula del Calvario por la Magdalena. Por eso, me cabe toda la ilusión del mundo en el nombre de este cofrade “desconocido” (mirad que lo escribo entre comillas), el más joven de los pregoneros, Francisco Segura Márquez, al que le deseo mi más profunda y sincera enhorabuena y toda la luz de ese espíritu Santo, que sin duda necesitará, para ponerle voz y sentimiento a lo que sólo los más escogidos pueden prestarle palabra. Su brillante juventud y entrega a las hermandades a las que sirve, serán su mejor garantía, así como la tarjeta de presentación de fe, que en este año que celebramos, tanto necesitamos para aferrarnos al clavo ardiente de su Cristo de las Almas. Mucha suerte, Francisco y cíñele bien la cintura a la Esperanza.

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