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martes, 24 de febrero de 2026

SOY DE LA HINIESTA


Soy de la HINIESTA, porque fue el Stmo Cristo de la Buena Muerte, lo primero que vieron mis ojos como cristiano y cofrade. Cuando el cielo se me abrió por San Julián, un Domingo de Ramos de 1965 siglo pasado. Ese día Azul de Antonio Machado que quedaría retratado en mi memoria para siempre. La Sagrada imagen del Stmo Cristo de la Buena Muerte, calado en el calvario de claveles hasta sus rodillas, mientras a la voz del capataz salvaba la ojiva de San Julián, sobre su antiguo paso de caoba. Recortada la y griega de  su apolínea silueta en el Azul Infinito e iluminado por la plata de los portahachones clásicos. El Cristo de la Buena Muerte, sería para siempre el prólogo innegociable de mi Semana Santa. Así, fui creciendo en la devoción a la Hermandad, hasta que allá por los años 70, me hice Hermano con la ilusión de salir de nazareno por primera vez en 1973. Una buena vecina, me prestó la túnica de su marido que era viajante. La túnica era de capa y con ella me estrené aquel soleado Domingo de Ramos en el tramo del Banderín Franciscano. Tal era mi ilusión al comprobar, sin esperarlo, que tenía el sitio casual que me permitía contemplar desde dentro del Templo, la salida del Stmo Cristo de la Buena Muerte, en el impresionante contraluz de la sincronizada maniobra de los costaleros (asalariados entonces) que, costeros a tierra, obraban el milagro de salvar la ojiva, sin el más mínimo roce de la cruz, a la voz, desgarrada del capataz. Aquella primera tarde, de luz cegadora y emoción contenida en el tisú del antifaz, podía recrearme, en la visión del Cristo, recorriendo el blanco caserío del barrio, a los sones de la Guardia Civil de Eritaña, interpretando las célebres marchas de "Perdona a tu pueblo"...La Salve y otros himnos, que hicieron de su repertorio y marcialidad, las delicias de los COFRADES de esa época. Paso a paso, gota a gota de mi cirio, fui cubriendo devotamente el amplio itinerario de la Cofradía, hasta que el cansancio, en el recorrido de vuelta, hizo mella en mi falta de experiencia y costumbre como neófito nazareno. Pese a ello, resistí, como el que más, pues cuando fallaban mis fuerzas, miraba hacia delante y me encontraba la dulce silueta del Cristo de la Buena que avanzaba portentoso ganando y parando el tiempo por el paraíso de las calles Doña María Coronel, cuajada de azahares y la vuelta de la estrechez de Bustos Tavera. La Filarmónica de la Guardia Civil ponía dulce melodía de sus marchas y los cuerpos se venían arriba, gracias a la carga sentimental de tan emotivos momentos. Ya en medio de la alta noche, de vuelta al barrio, el Stmo Cristo de la Buena Muerte, arropado por sus vecinos y devotos, avanzaba por el Pasaje Mayol, renovando todas las fuerzas, haciendo nuevas todas las cosas, reviviendo sensaciones que se clavaban en el alma en forma de saetas que paraban el tiempo y permitian que dudases, si el Señor, estaba entrando en San Julián, o a punto de iniciar de nuevo su Estación de Penitencia, entre el  júbilo y aplausos de una Plaza que hacia vibrar los corazones. Lo cierto es que no solo, disfruté de la soberbia entrada del Stmo Cristo de la Buena Muerte en su Templo, entre el delirio de su cuerpo de Nazarenos y la inmensa satisfacción del deber cumplido, sino que esperé transido de emoción, la venida de su Santísima Madre, la Hermosísima Virgen de la HINIESTA, que se enmarcaba en la ojiva, como una luminaria resplandeciente de la madrugada del ya Lunes Santo, despidiendo con su Divina presencia, todo el esplendor de un Domingo de Ramos, que quedaría en mi memoria grabado para Siempre.. 
Hoy, contemplando el solemne y piadoso traslado del Stmo Cristo de la Buena Muerte, para presidir con su cautivadora Imagen, el Vía+Crucis de las HHCC de la ciudad de Sevilla, he vuelto a recordar, aquella Primera vez que lo seguí, como nazareno de la HINIESTA, igual que lo he seguido siempre, absorto y embelesado ante su majestuosa Imagen, lleno de recogimiento y evocación, pues sin su Divina Presencia, no concibo el Domingo de Ramos en mi vida. 




 

viernes, 23 de octubre de 2015

¡Como no te voy a querer, HINIESTA!

PROLOGO:
 Corría el año 1982, aquel Domingo de Ramos, regresabas a San Julian, sin corona; nadie echaba de menos la presea -más bonita aún- parecías, bajo la gloria de tu palio iluminando la noche que amenazaba aguas. No tardó en llegar el inclemente chaparrón, cuando Tu Hijo, el Stmo. Cristo de la Buena Muerte, alcanzaba San Marcos a "paso mudá" sin posibilidad de otro refugio que no fuera San Julián. Tu avanzabas por Bustos Tavera, buscando Peñueñas, para cobijarte en San Román, faltó tiempo para que las puertas de la canela y el clavo, se te abrieran de par en par. La lluvia en Sevilla, es una maravilla indeseable, que a veces nos deja estampas imborrables. Madre Hiniesta, Reina sin necesidad de corona, salvaba la ojiva de San Román, con el público sucinto y necesario, para que los "privilegiados" que contemplábamos la escena memorable, entrásemos contigo en el Templo. La lluvia amainó, como la preocupación de tus hermanos al saber que el Cristo de la Buena Muerte había llegado a San Julián. La noche se abrió con luz de luna, para alumbrar también el regreso anunciado a Tu parroquia. De nuevo la maniobra de salvar brillantemente, la ojiva de San Román, gracias a la pericia de tu capataz y el esfuerzo sentido de tus costaleros. La calle Socorro, era todo un poema que te rendía honores de alabanza, al verte pasar sin corona, con la candelería apagada a la tenue luz de las dos "marías" que flanqueaban tu melifluo rostro. A paso de tambor -más bonita aún parecías- ante los ojos que te acompañaban, brillabas con luz propia, sin corona ni cera que Te alumbrara, hasta llegar a la esquina de Moravias. Los hombres de la caña, obraron el milagro de encender tu paso, como una infinita luminaria de resplandores que se proyectaban en la cal de San Julian, inmortalizando una noche de Domingo de Ramos, para el recuerdo. La Banda de la Cruz Roja, apuntó Campanilleros y la Plaza se abarrotó de fieles salidos de la nada, de pronto, mi compañera y yo, nos vimos atrapados en la bulla de la puerta, sin espacio apenas, para permitir que tu palio se cuadrase en una eterna chicotá, tras el éxtasis, le pregunté a mi compañera si se encontraba bien; ella me respondió en estado de gracia: "Me acaba de pisar todo el costero izquierdo del paso"..¡.pero en la gloria!. 

En el luminoso patio de la casa de vecinos, Millán y yo, jugábamos a los “pasitos”. Millán era macareno, presumía de túnica: terciopelo de Lyon, escudos bordados en oro y capa de merino. Yo elegía siempre a la Hiniesta, el primer repeluco de la Semana Santa, que estrené con el uso de razón, en brazos de mi hermano mayor, bajo el cielo azul plata de San Julian. No concebía el Domingo de Ramos, sin ver salir a la Hiniesta. (de hecho, ni aún lo concibo) Ese contraste purísimo, entre el azul, el profuso y apretado calvario de claveles del Santísimo Cristo de la Buena Muerte -calado hasta las rodillas para salvar la ojiva-; los acordes marciales de la guardia civil de Eritaña y la melodía del “perdona a tu pueblo Señor” al compás de la Cruz arbórea que se alzaba al cielo como por ensalmo. Después, la desgarrada voz del capataz, en medio del silencio expectante, que pedía ¡más a tierra ese costero!, entre los estertores de un ¡duro valiente con Ella!, que te transmutaba el alma. Corría el jubiloso año de la Coronación Canónica de la Hiniesta Gloriosa, patrona de la Corporación Municipal, cuando ingresé en la Hermandad. Todavía las túnicas eran propiedad de la cofradía y gracias a una buena vecina del barrio, me hice con una, por intercesión de mi madre, convirtiendo el sueño en realidad de poder acompañar a la Virgen en su cortejo el Domingo de Ramos de 1973. Recuerdo con emoción aquel Domingo de Ramos de libro; nerviosismo y sol radiante -como mandan los duendes de San Julian- ambiente apretado en la antigua casa hermandad, explanada al sol, donde formaban los tramos del palio; mi ansiedad en hacerme hueco junto al banderín franciscano...                                 


 y la salida. Jamás se olvida, de eso pueden dar fe los hermanos de la Hiniesta y público invitado, la silueta del Cristo de la Buena Muerte, recortado en el umbral de la ojiva, -desde dentro- al contraste humano de la penumbra y la luz enmarcada en su escueta y radiante dimensión de contraluces indescriptibles, tamizados por los nimbos de incienso. El primer baño de sol que recibimos los nazarenos formados en pareja para salir a la calle, el calor del barrio, el inusitado ambiente de gozo, ilusión y emociones contenidas, que nos embarga a todos. El tiempo y los relojes se pararon, desde el primer instante que contemplé el precioso cobre de las espaldas divinas de Cristo recibiendo la bellísima expresión oferente de la Magdalena arrodillada a sus piés -la providencia había querido que fuera a una distancia prudente del Señor- viendo lo que deseaba ver y escuchando lo que me apetecía. Ni el calor, la sed o el hambre, hicieron mella, en mi férrea voluntad de hacer estación de penitencia, a la sevillana manera de rezar disfrutando. Al menos no recuerdo otra cosa que no fuera disfrutar, desde el retiro anónimo e inédito, que te confiere el  antifaz de raso.    


 Hasta en los momentos más crudos, cuando empieza a hacerse pesado el largo y sinuoso recorrido de la cofradía -en el fragor de la bulla delirante que acompaña a la jornada del Domingo de Ramos- se vino abajo el ánimo, entusiasmado en cada momento, por el paisaje de calles escogidas por el itinerario, las luces y los brillos de la tarde-noche, el fervor y el recogimiento. Si acaso el cansancio intentaba desvanecerme, solo tenía que fijar la mirada en la Cruz de la Buena Muerte y escuchar los sonidos, aspirar los sabores y exhalar el aroma de una cofradía que cuanto más avanzaba despaciosamente, más fuerza de flaqueza y esplendor consigue extraer de los sentidos del que la vive y goza en la calle. Por San Marcos, recibía todo el calor y la fuerza de la proximidad del hogar que me esperaba y sin solución de continuidad, llegaba hasta las mismas puertas de San Julián, con las ansias renovadas de ver cumplido aquel sueño. Por mi edad, ni tan pequeño, como para buscar el refugio reconfortante de los brazos de una madre biológica que me recibiera, ni tan mayor, como para que el cansancio bloqueara mis constantes vitales, para verme obligado a salir por la puerta accesoria, una vez cumplida la estación de penitencia. Me quedé como extasiado a las plantas del paso del Santísimo Cristo de la Buena Muerte, arriado en su lugar de reposo, como si una fuerza irresistible me obligara a esperar a la Madre Bendita, que ya anunciaba -a través de su Banda de música-, que se acercaba al dintel. Como un ascua de luz y aroma, la Hiniesta llegó, alcanzando con su Bendición toda oración y promesa. Si de frente, venía hermosa, cuadrada bajo la ojiva, su precioso manto azul como la noche cuajada de estrellas, nos cubría, nos coronaba la ráfaga de su presea y el crepitar de los candelabros de cola, sembraba claridades de luces cimbreantes que agigantaban la penumbra del templo. Es curioso, como el recuerdo juega al escondite con la mente, la memoria no me alcanza otra cosa que aquella visión de la Virgen de la Hiniesta enmarcada en la puerta, como si el sueño, no quisiera cerrar nunca las hojas de esa página que no se si en realidad, viví o soñé para siempre.
                                                                   

 Lo cierto es que de vuelta a casa, bien entrada la madrugá, por el entresijo de sombras alargadas que se proyectaba sobre los adoquines brillantes de luna del Pasaje Mallol, mis pasos cansados y torpes, firmaban la historia de amor más hermosa, que me uniría, para el resto de mi vida, con la Hermandad de la Hiniesta. Pasó el tiempo inexorable y los relojes marcaron las horas que apuran los años, aquel nazareno de la ilusión, dejo de vestir la túnica de la Hiniesta, sin perder un àpice de aquel amor firmado -paso a paso- con la Hermandad de San Julián. La vida, con su carga inesperada de circunstancias desfavorables, consiguió alejarme del hábito y número de hermano, que hoy sería de parejas nombradas, sin embargo, los sentimientos, esa ansiedad palpitante de estar presente con toda el alma, el Domingo de Ramos en San Julian, escuchar a los amigos del "Llamador" transmitiendo la salida; marchar a su encuentro por la muralla de la Puerta de Córdoba, citarme con Ella en el Pumarejo; esperarla en Alemanes o simplemente, musitar su Bendito nombre, en el eterno instante que la tengo delante y pasa -como un temblor alucinante de aroma, luces y plata- en la inmensidad de su Palio- me transfiguran en aquel niño, nazareno de la Hiniesta, que nunca perdió la ilusión, ilusión y sentimientos que hoy día permanecen intactos, grabados -en los ojos vidriados de un hombre-  que vuelve a ser aquel niño que cuenta los días que faltan para verla de nuevo -esta vez en procesión Gloriosa por el antiguo caserío de su barrio-  con motivo del 450 aniversario de la aprobación de sus primeras Reglas. 

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