
Soy de la HINIESTA, porque fue el Stmo Cristo de la Buena Muerte, lo primero que vieron mis ojos como cristiano y cofrade. Cuando el cielo se me abrió por San Julián, un Domingo de Ramos de 1965 siglo pasado. Ese día Azul de Antonio Machado que quedaría retratado en mi memoria para siempre. La Sagrada imagen del Stmo Cristo de la Buena Muerte, calado en el calvario de claveles hasta sus rodillas, mientras a la voz del capataz salvaba la ojiva de San Julián, sobre su antiguo paso de caoba. Recortada la y griega de su apolínea silueta en el Azul Infinito e iluminado por la plata de los portahachones clásicos. El Cristo de la Buena Muerte, sería para siempre el prólogo innegociable de mi Semana Santa. Así, fui creciendo en la devoción a la Hermandad, hasta que allá por los años 70, me hice Hermano con la ilusión de salir de nazareno por primera vez en 1973. Una buena vecina, me prestó la túnica de su marido que era viajante. La túnica era de capa y con ella me estrené aquel soleado Domingo de Ramos en el tramo del Banderín Franciscano. Tal era mi ilusión al comprobar, sin esperarlo, que tenía el sitio casual que me permitía contemplar desde dentro del Templo, la salida del Stmo Cristo de la Buena Muerte, en el impresionante contraluz de la sincronizada maniobra de los costaleros (asalariados entonces) que, costeros a tierra, obraban el milagro de salvar la ojiva, sin el más mínimo roce de la cruz, a la voz, desgarrada del capataz. Aquella primera tarde, de luz cegadora y emoción contenida en el tisú del antifaz, podía recrearme, en la visión del Cristo, recorriendo el blanco caserío del barrio, a los sones de la Guardia Civil de Eritaña, interpretando las célebres marchas de "Perdona a tu pueblo"...La Salve y otros himnos, que hicieron de su repertorio y marcialidad, las delicias de los COFRADES de esa época. Paso a paso, gota a gota de mi cirio, fui cubriendo devotamente el amplio itinerario de la Cofradía, hasta que el cansancio, en el recorrido de vuelta, hizo mella en mi falta de experiencia y costumbre como neófito nazareno. Pese a ello, resistí, como el que más, pues cuando fallaban mis fuerzas, miraba hacia delante y me encontraba la dulce silueta del Cristo de la Buena que avanzaba portentoso ganando y parando el tiempo por el paraíso de las calles Doña María Coronel, cuajada de azahares y la vuelta de la estrechez de Bustos Tavera. La Filarmónica de la Guardia Civil ponía dulce melodía de sus marchas y los cuerpos se venían arriba, gracias a la carga sentimental de tan emotivos momentos. Ya en medio de la alta noche, de vuelta al barrio, el Stmo Cristo de la Buena Muerte, arropado por sus vecinos y devotos, avanzaba por el Pasaje Mayol, renovando todas las fuerzas, haciendo nuevas todas las cosas, reviviendo sensaciones que se clavaban en el alma en forma de saetas que paraban el tiempo y permitian que dudases, si el Señor, estaba entrando en San Julián, o a punto de iniciar de nuevo su Estación de Penitencia, entre el júbilo y aplausos de una Plaza que hacia vibrar los corazones. Lo cierto es que no solo, disfruté de la soberbia entrada del Stmo Cristo de la Buena Muerte en su Templo, entre el delirio de su cuerpo de Nazarenos y la inmensa satisfacción del deber cumplido, sino que esperé transido de emoción, la venida de su Santísima Madre, la Hermosísima Virgen de la HINIESTA, que se enmarcaba en la ojiva, como una luminaria resplandeciente de la madrugada del ya Lunes Santo, despidiendo con su Divina presencia, todo el esplendor de un Domingo de Ramos, que quedaría en mi memoria grabado para Siempre..
Hoy, contemplando el solemne y piadoso traslado del Stmo Cristo de la Buena Muerte, para presidir con su cautivadora Imagen, el Vía+Crucis de las HHCC de la ciudad de Sevilla, he vuelto a recordar, aquella Primera vez que lo seguí, como nazareno de la HINIESTA, igual que lo he seguido siempre, absorto y embelesado ante su majestuosa Imagen, lleno de recogimiento y evocación, pues sin su Divina Presencia, no concibo el Domingo de Ramos en mi vida.