Ser y Estar


La razón de ser bético es, que merece la pena; la pena de pasar del infierno a la gloria en el paripé de un partido o de la gloria al ridículo en el fugaz tiempo de descuento. La pena de sufrir la nada de un amago, el reflejo, la finta, el arabesco, la alucinación de un espejismo que te deja estupefacto. Ser bético es estar como el verbo irregular en continua oración, conjugando el he sentido; el has llorado; el ha gozado; el hemos sufrido; el habeis clamado y el han estado. Estado que se transforma en energía desde el pretérito –hemos estado- hasta el futuro perfecto: del siempre estaremos, por presente de indicativo: yo soy del Betis y nada más espero en ese estado suyo de la buena esperanza. Y así, como siempre ha sido, surgiendo del mismo limbo de su propia nada, reaparece como el –ave Fenix- de las propias cenizas de sus malversadores, de lfalso evangelio de sus mesías, del discurso soez de sus cenadores, para fundirse con la afición y hacerse el verdadero equipo que nunca dejó de ser, aunque estuviera muerto; rendido, arruinado y sus jugadores soñaran el sueño de los mercenarios, antes de caer rendidos  por el peso aplastante del real  escudo de las trece barras. Sí, trece barras –trece- para vencer a la superstición  con sus propias armas, para vencer al maldito dinero con la cal viva de la preferencia hecha leyenda proclamada por Benito Villamarín; para satinar con el verde vivo, las vigas de un colosal estadio que le queda pequeño y ridículo, ante la grandeza de la caseta del marcador de gol sur. Y porque entre otras muchas cosas, ser bético, es no descender nunca, aunque se baje al infierno, ni perder la categoría aunque se descienda a segunda, ahí está el Betis –como siempre- hecho una piña colada por su afición: la que dice Mel y grita ¡gol!; la que lleva en volandas a Rubén Castro hacia la gloria y le está labrando un capitel corintio a su columna vertebral –Hércules Portllo- para hacerle un monumento en la media punta del césped.  Pero, poco a poco…sobre los piés –como los buenos costaleros- sin correr que es cosa de cobardes, desde la yerba y sudando la gloriosa camiseta, que el camino es largo y el mundo dá muchas vueltas. La razón de ser bético, no es sufrir, que también,  es merecer la pena y llorar de alegría y emoción por no dejarnos nunca indiferente, ante esa "leyenda que recorre el mundo entero".


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