miércoles, 12 de enero de 2011

Anoche cuando fumábamos


Comencé a fumar a la hora de la siesta, cuando el silencio se imponía por imperativo del asfixiante calor de las 3 de la tarde, más que por la prohibición expresa de cualquier vecino del patio. Robaba un cigarrillo del paquete de “goya” que dejaba mi padre en el aparador y lo encendía con esas ansias de morbo y placer que siente uno, cuando realiza las cosas a escondidas. La primera calada transgredía mis constantes vitales, produciendo ese rechazo compulsivo en forma de tos que se iba suavizando progresivamente al contemplar alucinado las bocanadas antojadizas que dibujaba el humo. Fumar es un placer, genial, sensual; un fetiche con música de cuplé que interpretaba la Montiel desde el diván de las fantasías censuradas. Fumar era el complemento del traje de domingo que había que vestir para parecer más hombres, cuando éramos tan jóvenes que compartíamos el paquete de “Vencedor” entre dos. La mujer del “César” nos servía de ejemplo con la máxima que le acuñó séneca: “no sólo hemos de serlo, sino de parecerlo”. Conocí a mi novia fumando en el portal, mientras distraía a sus pretendientes abrumando su belleza con el humo de un cigarro. Echamos juntos el cigarrillo de cogernos de la mano; el cigarrillo del primer beso, del ritual melifluo de las primeras caricias soñadas, del después de hacer el amor embriagados por la magia de la inexperiencia y así llegamos- desde el compartir aquellos cinco sentidos en forma de cigarrillos, hasta la compra del paquete de “fortuna” al precio de 35 antiguas pesetas-. El tabaco formaba parte de nuestras vidas, como el bolígrafo; uno para expresar los sentimientos y mis inquietudes de poeta, el otro como complemento irrenunciable, donde  absorber los espacios en blanco de mi mente, transformándolos en inspiración en cada calada. Nunca consideré al tabaco como un vicio, a pesar de que fuera perjudicial para la salud, no parecía afectarme y si me afectaba, era mayor el efecto sedante que producía en mi mente, que la causa nociva que pudiera originar en cualquier órgano de mi cuerpo. Acompañó las extremas soledades de las salas de espera, al final del túnel de la esperanza, cuando se ve la luz de la llegada del primer hijo; fue como la letra del ínclito Serrat, que me recordaba en los momentos fatídicos de la insatisfacción: “enciendo un cigarrillo y otro más/un día de estos he de plantearme/muy seriamente dejar de fumar/con esa tos que me entra al levantarme…¡Ay!, si nos devolvieran ahora el caudal del tabaco consumido a lo largo de nuestras vidas: un auténtico capital, que estoy seguro nos sacaría de apuros, sin embargo como en la poesía melódica de Rosa León, precedida por los incensarios que bailan al humo perfumado del tabaco de nuestras vidas; “tanto amor quien nos lo quita/tanta dicha, quien nos roba”. Y ahora que cada uno saque sus propias conclusiones sobre la controvertida Ley antitabaco y las consecuencias y encontronazos que está surtiendo en nuestra sociedad. Servidor, desde primeros de año, hizo el propósito de reducir al máximo el consumo hasta dejar de ser ese fumador –más romántico que empedernido- que les escribe. De momento lo estoy consiguiendo de la manera más romántica: depositando en una hucha los 4€ mal contados del precio de una cajetilla y como la ilusión es mucho más fantasiosa que la abstinencia, ya sueño con estrenar túnica de nazareno.

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