viernes, 4 de julio de 2008

EL CRISTO DEL SUSTO

Ibas por la calle Feria, acera de la fachada mudejar de san Juan de la Palma, camino de la callejuela Regina, cuando de pronto te decía tu madre: “mira por la ventana”: ¡Dios mío, que susto!, te encontraba de pronto a un cristo sentado, greñudo y maniatado, con la encarnadura lacerada por el tiempo. A través de la ventana –si es que eras capaz de resistir el embate del miedo, veias la sala en penumbra, decorada por un espléndido zócalo de añeja alfarería y adivinabas al Cristo del susto alumbrado por la exigua luz de las velas de promesa con un ramos de claveles marchitos a sus piés. Y tu madre te decía: pídele hijo, se llama el Cristo de los Afligidos y es casamentero y muy milagroso, como San Antonio. Si tu madre te lo decía, para el resto de tu vida, será ese Cristo escondido tras la ventana que cada vez que pases por San Juan de la Palma, te producirá el escalofrío de pararte a verlo y adivinar tras los cristales de la reja el eco de una voz de abuela que previene a su nieto del susto y la impresión que este Cristo produce al verlo: “mira, mira por la ventana y lo descubrirás”.

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