martes, 9 de agosto de 2011

"El Lirio"


Mucho tiene que ver el Martes Santo con la Buena Muerte, entendiendo el tránsito como un Buen Viaje ha cia la morada donde se produce el eterno descanso. La vida es un calvario que puede convertirse en monte de la calavera cubierto de cardos y espinos, cuando las circunstancias nos vuelven la espalda y el infortunio nos condena a partir a una edad que no nos corresponde por ley de vida. El cristo de la Buena Muerte, dormido ante el asombro del mundo en el árbol donde el Amor grabó el corazón partido en dos mitades, descansa sobre el calvario alfombrado de lirios, pero uno de estos lirios azules, como el profundo color del cielo en la avenida, cayó al suelo del paso de la “burla”, para mandar eternamente en la estación de la gloria a su Cristo de la Salud y Buen Viaje. Menuda cuadrilla de hermanos costaleros, se está formando allí arriba, cuando el Señor ha mandado igualar en un mismo año, tanta gente buena. ¡Oído, que va a llamar!, si te digo su nombre: Manuel Pérez Ayala, quizás no te creas, que a la edad de 54 años, cuando se alcanza la plenitud de la madurez,halla fallecido en manos de los enemigos de la carne, en cambio si escribo: “El Lirio”, todos meteremos los riñones aplastándo el costal fuertemente contra las trabajadoras y rechinando los dientes, porque su voz produce ese escalofrío imponente que hace que los hombres nos sientamos hermanos y costaleros para siempre bajo su mando. Ese lirio tronchado por la vida, continuará siendo la flor del calvariio de la Buena Muerte, imposible de marchitar su recuerdo como capataz joven, curtido en mil batallas por los maestros del martillo e imagen viva del saber estar y la apostura –sabia nueva de los viejos capataces que hacían con su voz rota, posible los milagros de cada nuevo martes Santo. Nadie supo mandar como “El Lirio” –“los dos costeros a tierra en el más a tierra de los costeros”; nadie supo crear tanta pasión, orgullo y disciplina en los hermanos costaleros de San Esteban; nadie vió más pena de dolorosa en el rostro sereno de su enlutada madre –la hermosa madre del “Lirio”- que acompañaba sus sueños de juventud con el rostro descompuesto de la misma Virgen de los Desamparados –las madres saben mejor que nadie de lo efímero de la vida, cuando está escrita una profecía-. Apenas intercambié un saluda con Manuel Pérez Ayala, pero no hacía falta conocer  otra cosa de la personalidad de “El Liiro”, más que prestar atención y oído a lo que el mandaba y sabía mandar, hasta que una tarde por la estrechez de la alcaicería de la loza, me salí de la cuarta del palio –exhausto y sin fuerzas- para transmitirle que no podía más. El se interesó por mi salud y me dio un fuerte abrazo que aún retiembla en mi olvidada hernia discal, de esto hace la friolera de 30 años. Hoy quisiera trasladar el repeluco de ese mismo abrazo de pésame a todo su familia, cuadrilla y hermandad completa de San Esteban conservando la imagen garbosa e imponente de este capataz que está igualando a tanta buena gente allá arriba.

Descanse en Paz. MANUEL PEREZ AYALA -"El Lirio"



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