miércoles, 25 de marzo de 2026

EL DOMINGO DE RAMOS


El Domingo de Ramos, cuando eras padre de tus hijos pequeños, cuando tú mujer te acompañaba, radiante y jubilosa, porque antes de salir de casa, se había parado a contemplar contigo, la luz espléndida que radiaba la ventana de la cocina. Aquel Domingo de Ramos, cuando todos sabíamos que algo nuevo se estrenaba en las prendas dispuestas sobre las sillas de cada habitación. Aquella mañana muy de temprano, cuando tú, mientras te hacías el nudo de la corbata, le cerrabas la cremallera al vestido de tu mujer, y ella -pese al duermevela de los últimos preparativos- más guapa que ningún día, se afanaba por dar los últimos toques a los lazos de la niña. Ese Domingo de Ramos, cuando al salir la procesión principal del amor más verdadero, materno/paterno/filia, las calles todavía dormidas del barrio; aquella vecina que nos esperaba-Araceli la de los balcones- musitaba el piropo más sentido y entrañable: "a ver, que os vea, ¡que barbaridad, que guapísimos vais todos!, ahora ya puedo decir que es Domingo de Ramos. Ese mismo día, que se repetía en el tiempo, con la misma ilusión que hace estallar todos los sentidos, se fue haciendo tan grande, como aquel niño que lo aprendió en su memoria, para grabarlo en el ADN de la familia. Y aquellos niños perezosos de sus primeras horas de las solemne mañana, se fueron haciendo mayores, fueron creciendo como la cola del Besamano del Señor del Gran Poder, se iluminaron con la imponente luz de San Juan de la Palma, se prendaron del portentoso misterio de la Sagrada Cena y se impregnaron de Sevillania, con la Gracia y Esperanza de San Roque. Como la cena de Noche Buena, la familia, fue haciendo tradicional el almuerzo del Domingo de Ramos, al que se fueron uniendo los abuelos, primos y novias de los niños. Porque aquellos Domingos de Ramos, guardan la imagen y semejanza del mismo cielo despejado, azul plata de la Hiniesta y atardecen languidamente, con el sol oro viejo de la canastilla del Cristo de las Penas, cuando cruza el puente y se hace eterno en el rostro de porcelana de la ESTRELLA, más alfarera. Para quedarse prendado en el azul cobalto del Cristo del Amor, cuando baja la rampa del Salvador. Pues bien, ese Domingo de Ramos, pendiente de Amanecer por los alcores, con las ausencias de los que ya, lo están adivinando desde el otro cielo; con las sillas vacías de los que ya no nos acompañan por providencia del destino, de aquellas personas, que fueron los brazos donde asirnos, los pasos que nos guiaron, la intendencia y la tropa de avituayamiento, las rebecas y abrigos que combatían el frío del relente de la noche...Volverá a ser apenas unas horas, el Domingo de Ramos que todos esperamos, el del recuerdo, la evocación, la nostalgia, la fuente de agua viva, donde todos bebimos para que vuelvan a beber las nuevas generaciones, por años sin términos.
 

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