jueves, 29 de marzo de 2007

MIRANDO EL CIELO...

No sé porqué, pero cada vez que subo a la azotea de casa, pienso ineludiblemente en la luz del Viernes de Dolores; el frescor de la ropa olorosa a jabón verde, la diáfana blancura de las sábanas tendidas al sol, el perfil armonioso de las espadañas, los campanarios de San Román y San Pedro, los alminares de Santa Catalina y Santa Marina y una incunable ansiedad de resolverlo todo antes de las seis de la tarde. Este año no tendré la necesidad imperiosa de visitar Omnium Sanctorum en esa mañana luminosa de algarabía de mercado cuando el trasiego humano de barrio, se asomaba a la ojiva de la parroquia para contemplar a los Carmelitas Dolorosos en ese perfecto estado de revista que supone estar listo. Este año no me asaltará la impaciencia aligerando el paso por Relator o Amargura para perderme en la primera bulla con ambiente macareno de vísperas, miraré una vez más al cielo, ese cielo que nunca se termina de gozar porque cada vez que se levanta la vista se descubre algo nuevo, en la escondida gárgola, en la ignorada cornisa en las pilastras ocres que decoran el caserío, te sorprenderá un nuevo retablo de aguamarinas flanqueado por dos ingenuos faroles de cerrajería. Todo el año hay una azotea que nos recuerda un día diferente, cuando subo a la de mi casa, esta luz con viento de noreste y cielo atormentado, el flamear de los cipreses que parecen aclamar el sereno compás de la espadaña, me hacen suspirar por el Viernes de Dolores, cuando Sevilla besa la mano de la Soledad en San Lorenzo y un Cristo, humilde y maniatado del Amor, recibía –entre los perfumados naranjos de Santa Isabel- la hospitalaria acogida de las madres filipenses en la más armoniosa intimidad.

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