martes, 1 de septiembre de 2009

Para Septiembre

Me fui a la orilla del río, para revivir un atardecer de hace más de treinta años con mi amada. Frente al paseo de la 0, mareilla de aguas verdes dejando un frescor agradable en la yerba. En silencio, como se le habla a Sevilla cuando se mira a Triana, sin necesidad de palabras, para escuchar los murmullos de la gracia impagable.
Al asomarse a esta urbanita playa, el sol trae todo los brillos del mare nostrum, oreado por las lejanas olas, brecha de luz incandescente que abre el Guadalquivir en dos, para atrapar los sentimientos. La barca del recuerdo, cruza lentamente el ascua dibujando un contraluz, sereno y breve, miro su perfil y veo aquella niña de los dieciséis años tendida en el mismo sitio donde la yerba es nueva a pesar de que no parece que hayan pasado los años.
Nueva es también la luz, recortando su perfil en el puente bruñido de oro viejo por el sol de poniente. Nuevo es el aire de las primeras tinieblas que encienden los brillos, nuevo el contraste que funde malvarrosas en el crisol del cielo, para crear los minutos de gloria turquesa que sueñan los pintores. Parte de la felicidad es tan sencilla que a veces no le pedimos más: Pasar nuestro brazo por su hombro, ceñir su cintura, reclinar la cabeza en su cuello y suspirar cuando los ojos alcanzan a ver, mucho más de lo que están mirando.

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