jueves, 14 de enero de 2010

HAITÍ, blanco de PENAS


Nos pregunta la vida sobre el terror de Haití. El hombre frenó su capricho controlador, su afán de ambiciones y sus miserias consumistas, ante el verdadero clamor de la tierra bella y santa en su temblor de muerte. No hay respuesta ante semejante espectáculo dantesco, ni el mismo hacedor la tiene para consuelo de los creyentes. Hay que ser hombre para soportar un magnicidio de esas características y más que hombre para ofrecer toda la ayuda humanitaria imposible. Se le buscan sentido a las cosas, para continuar viviendo con algún sentido, la vida aunque no enseña a nadie, continua su camino, quizás por ello la Sagrada Familia huyó a Egipto en estos días vacuos, para guardar en la que es tierra de grandes enigmas y misterios, la clave que dá sentido a lo inexplicable. Quizás por ello Sevilla, desde los tiempos más oscuros, incubó el renacimiento para dar a luz a su primogénito barroco en las maneras perfectas del Dios hecho hombre que nos ayudara a cargar con la cruz de la fe en medio de tantos pesares y tragedias. En estos días grises y lluviosos que tanto alientan al desánimo, la ciudad atraviesa el desierto azotada por el viento y en medio de la oscuridad que hace visible su estado de buena Esperanza, frente a la casa de los artistas, allá por San Juan de la Palma, el Señor que siempre tiene a nuestra disposición la fortaleza de su talón de Aquíles, se muestra Silencio “blanco” sobre el elevado cañaveral de su altar de Quinario y la Virgen con San Juan relevada al sagrario de la capilla sacramental, nunca lució Amargura más inmensa que la de esas lágrimas que derrama por sus desgraciados hijos de Haití.




También, como si de una sinuosa casualidad se tratase, el Señor de las Penas subió a su efímero altar mayor de San Vicente, para mostrarnos la cara horizontal de su piadoso escorzo, suplicante, iluminado por los azules cirios de la caridad que ruega al Padre por las innumerables víctimas atrapadas bajo los escombros de Puerto Príncipe. Sevilla toda, comienza a ser una metáfora que se echa al camino de la luz, rindiendo culto al Dolor y la sangre, como premisas infalibles del esplendor que se avecina tras la ausencia total de primavera. En el invierno crudo y frío, blanco de escarcha y de nieve azorado por la lluvia que llueve sobre mojado, bajo su encapotado cielo, donde falta hasta el rubor de su más apreciada Estrella, la ciudad continua celebrando calmadamente sus días de Quinario, Dolores y Penas, que vuelven remozadas desde el monasterio de la Cartuja, hasta los rincones del alma donde duermen los naranjos de Santa Isabel. María –la llena de gracia- esconde hoy una furtiva lágrima, un octavo Dolor clavado en su restaurado pecho servita y el Señor, dulce nazareno de San Roque, se presenta en su altar con la mirada vencida por el máximo rigor de las PENAS. Tal vez lo sucedido en Haití, no tenga respuesta, pero algo nos dice en el interior del templo que el SEÑOR es nuestra PASION y aunque nos resulte incomprensible, nada nos falta.





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