jueves, 29 de julio de 2010

EL TORO PASMADO

Pero –papá,¡quita eso!-… por Dios, ¡qué horror la sangre a borbotones!...¿es que no ves como agoniza el toro?...¿es que no ves los espasmos; la hemorragia bucal…los estertores respiratorios?...…Pero –hija por favor- déjame disfrutar de la Fiesta Nacional, que es una tradición ancestral, que forma parte de nuestra cultura y derrocha arte y estética por sus cuatro costados…

Papá –por Dios- como es posible que la pasión te quite el conocimiento y no veas la humillación, la terrible tortura y el escalofriante martirio al que someten al toro. No te vasta con la estocada, pues ahí tienes el descabello, la puntilla y el arrastre: ¡toma ya!

Pero –hija- esto no hay que concebirlo así; todo esto tiene una historia, una cuidada literatura, una exquisita liturgia proveniente de un mundo creado a su alrededor, que genera: cultura, dedicación, empleo y sobre todo mucha riqueza…por no hablar del patrimonio artístico y monumental que constituyen las miles de Plazas repartidas por casi todas las ciudades y pueblos españoles…

Intenté convencerla con argumentos humanos y divinos; le hablé del sentido existencial del toro de lidia; de su vida en el campo; del origen de las ganaderías y su privilegiada crianza en las dehesas…pero ella sólo veía horror y sangre; violentos embates de puyas sobre el morro azabache de la fiera que se revuelve contra el peto que protege la ceguera del caballo y la saña del jinete. El viscoso brillo que fluye por el costal del toro, ahogando en la sangre el colorido de las banderillas.

Esta cultura no es mía –papá- pertenece a un pasado glorioso y espectacular, como el de la antigua Roma de los gladiadores. No es mi fiesta nacional y si lo fuera –porque es obvio que reúne suficientes elementos de arte, y estética- tendría que ser en aras de la igualdad de condiciones entre el diestro y el toro: un cara a cara del hombre frente a la bestia con la única suerte del capote por medio…

Una de las causas que genera la justicia es la división de opiniones. El Parlamento Catalán, no tiene la última palabra a la hora de prohibir en su comunidad, la celebración de corridas de toros, como nunca tendrán la última palabra nuestros representantes políticos –porque a pesar de estar legitimados- no constituyen la soberanía nacional, la cual reside en el pueblo y no en los pactos nacionalistas y de coaliciones que suscriban los partidos para alcanzar la mayoría. No creo, en este sentido, que la Fiesta corra peligro de abolición (nefasto término)a nivel General, lo que sí tengo claro es que la nuevas generaciones saben perfectamente distinguir el arraigo de la violencia y tienen la suficiente decencia crítica de saber discernir entre tradición y salvajada, aunque muchos de nuestros jóvenes participen activamente en las fiestas nacionales donde el toro adquiere el protagonismo tan “español” objeto de toda clase de infamias y vejaciones.

¿Podremos algún día alcanzar la pax social dentro de esta extendida piel de toro, sin necesidad de mancharla de sangre y violencia?

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