miércoles, 4 de agosto de 2010

...precisa-mente


...precisamente ayer, mientras intentaba conciliar el sueño -que tanto se me resiste- rezaba, como suelo hacer todas las noches, sin saber cómo ni a quien, degustando el placer y exquisito paladar que me había dejado una película que acabábamos de ver (Mi vida sin mí)..puede parecer triste, muy triste su argumento: cosas que se pueden hacer antes de morirse a las 24 años (poco más de 2 meses que le habían diagnosticado de vida). “Para qué quiere que pida una segunda opinión”…le decía al transido doctor que no podía sostener de frente su mirada… Como no hay nadie normal, aunque vayamos predicando eso de hacer las cosas más o menos como Dios manda. Las personas no sabemos hasta que punto influimos unas en otras y cómo una sencilla palabras es capaz de cambiar nuestras vidas o condicionar nuestra manera de ser o actuar. Una sencilla palabra, un sólo gesto, es capaz de condenarte a los infiernos o elevarte a la gloria, (son las gafas que se empañan por la pena de no saber todo el bien que hemos hecho sin pretenderlo), hay personas que por más que se empeñan, no saben demostrar su cariño como los demás quisieran recibirlo, se produce una laguna, una distancia, que no es olvido, sino reflexión...nos separa un puente imaginario, un sueño, un deseo. Podemos vivir sin las personas, mientras las hacemos culpables y las condenamos a nuestras propias condenas, pero no podemos vivir sin olvidarlas y terminamos primero perdonándolas para poder perdonarnos a nosotros mismos y gozar de los buenos momentos -todos buenos- porque los malos siempre han tenido la mala memoria del verdadero amor que va siempre tan locuaz y distraído por la vida. El amor es lento a la ira, ligero al perdón. No sé porque te cuento todo esto, pero sí sé que me sale del corazón y es lo que vale. A mamá -que eres tú- dile más de tres veces diaria que LA QUIERES, porque el crepúsculo de la vida si algo tiene bien acusado es el sentido del oído. Dejar las cosas resueltas a los demás puede que no sea resolverles la vida, pero ayuda a exculparles de esos silencios que maneja el Amor cuando no sabe expresarse. Estar ahí, no significa tenerte a diario, estar ahí es no poder ignorarte por más tierra que ponga de por medio. “Invéntate un cielo para mí” (decía la moribunda protagonista de la película), ese era el mensaje que le dejaba a aquel joven que le ofreció su camiseta para secar las lágrimas de emoción que le brotaban cuando asistió al primer y único concierto en su vida.

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