lunes, 14 de febrero de 2011

Hombre de San Esteban


A MANUEL PÉREZ SUAREZ, hermano.


Lo ví por última vez en San Lorenzo, cuando la Sevilla cofrade, daba gracias al Señor por el acto de aquel desgraciado que le alzó la mano –por defecto de amor más que por exceso de maldad- llevaba en sus fosas nasales las gomas de la respiración asistida y su aliento exhalaba el hierro mohoso que apuntalaba la desvencijada estancia de su vida. Siempre con la frase de cariño y admiración en su boca, delatada por el recuerdo de los viejos tiempos –las glorias de San Esteban- la Hermandad donde nos conocimos bajo las mismas trabajadoras que nos hicieron hermanos: “Sierra, todavía me acuerdo del bocadillo que le robé a tu mujer –haciendome pasar por ti- debajo del paso”. El –ay- del repeluco, recorre todo mi ser al conjuro de aquella anécdota que siempre repetía, Manuel Pérez Suarez. El ¡ay! de una “soleá” que busca su mano, recia, incansable, amiga y maestra en el arte de la priostía. Aquel ¡ay¡ que pedía los “costeros a tierra” -¡más a tierra!- hasta alcanzar el milagro que cada Martes Santo se produce en la Puerta de Carmona. Manuel, era hombre de San Esteban, de los que se calzan el “mono” de trabajo y le incomodaba la chaqueta del protagonismo; de los que se apuntaron a la delirante aventura de fundar la cuadrilla de hermanos, cuando los ensayos buscaban las claritas de la mañana. De los que se pudieron contar con la mano –esa mano- que él tendía  dispuesta a echar por su Hermandad con la sonrisa particular del “perragorda”. En fín, Manuel, me quedaré con la anécdota, de esos gloriosos días que llevan en la memoria grabado el mejor azul cielo de San Esteban, con tu mano varada –como un ¡ay! Perpetuo- en el fulgor de plata que abre paso a la Madre de los Desamparados por el proceloso mar de la fe. Allí estarás para todos los que queramos abrazarte cada nuevo Martes Santo. Descanse en Paz; Manuel Pérez Suarez.

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