sábado, 28 de enero de 2012

"Quitapesares" a Pepe Peregil




 
Hoy escribo al natural, como lo haría el faraón de Camas toreando o el maestro carretero escribiendo o el palio de la Esperanza Macarena andando -siempre de frente-. Escribo a la más natural de las sevillanas maneras, todavía impresionado por la triste noticia de tu muerte, pensando en la desolación de Santa Catalina, por donde mora aún tibia y espigada la monumental sombra de tu figura. Porque tu eras, querido Pepe, natural de Sevilla, aunque nacieras en el pueblo con nombre al sabor del más preciado caldo -pura Manzanilla- sol acristalado en los Terceros, con puerta Salida a la Plaza del Rialto. Tan natural eras, que llevabas la fama en familia, la metías por las bullas y te codeabas con l príncipes igual que con mendigos; esos “ratones coloraos”, que paseaban por “quitapesares” como “mateo por su casa”, arrancándole a la noche, jirones de embrujo y ocurrencias de libro. ¡Niña, sabes quien ha muerto! ¿quien, papá?: ¡El Peregín!...¿y ese quien era?...¡a bueno, el que cantaba saetas, que parecía que estaba riñéndole a los santos! Que sepan las generaciones y venideras, que ha muerto, el metro ochenta mejor despachado de la gracia de Sevilla -la poca que va quedando- la que cantaba el Pali, al natural...un “pon de tó” y un arrancá improvisado, que hacía del arte un tablao, por soleares y segruirillas. Y sobre todo un hombretón, un buen hombre de calle y talle flamenco a quien le salía el alma por la boca. Ahora va a ser, cuando desde el cielo, nos eche una mano el Cristo, para arreglar Santa Catalina. Mira tu por donde, Pepe, allí si que te va a escuchar, el Señor de las Penas, la saeta que le tenías preparada para el Domingo de Ramos. Te has ido, antes de lo esperado -eso sí- nos has cogido desprevenidos; te has asomado a un balcón de la Avenida, en plena “jindama” por la maldita enfermedad y has arrancao la saeta del adiós por sorpresa, dejándonos el corazón encogío. Pero Sevilla, tan desagradecida como parece en vida, jamás olvida a un hijo predilecto cuando muere, te llevas su medalla de oro, aunque a ti te gustaran más las de tus hermandades sobre el pecho. Te llevas mucho cariño, tanto como las buenas amistades que hoy lloran tu irreparable pérdida, inopinadamente el eco desgarrado de tu potente voz, resonará en el silencio de la Plaza, cuando el Cristo de Burgos, dibuje su imponente silueta en los muros antiguos de San Pedro y ¡el Cachorro -Pepe- el Cachorro!, te hará un guiño desde Triana, escuchando la saeta que le brindas en el cielo. Descanse en Paz, Pepe Peregil.

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