miércoles, 9 de mayo de 2007

NO SOY DIGNO DE QUE ENTRES EN MI CASA...

Foto: (La Sevilla que no vemos)

Donde se guardan los mejores recuerdos velados por los ojos de niño, conservo la instantánea de aquella procesión de impedidos que recorría las adoquinadas calles de mi barrio. El tañir del muñidor y el redoblar de los tambores, despertaban al vecindario engalanado y alborozaban a la chiquillería a correr presurosos a ver -como nuestro cura- revestido por la casulla de damasco y bajo palio de respeto, llevaba a nuestras casas algo tan grande como Su Divina Magestad. Bienaventuradas las humildes casas de vecinos y corrales, convertidos en vergeles de flores y macetas, sinfonía de plantas y colores, por donde pasaba el Santísimo, cruzando luminosos patios y corredores, entre la sentir de los vecinos postrados de rodillas en el más espesado y respetuoso silencio. Así entraba el Señor en nuestras casas, convertidas en humildes patinas, como los chorros del oro. En un rincón de la memoria conservo el recuerdo velado por los ojos de niño, la habitación de mi abuela impedida, el perfume a jazminez y ese olor a agua de nardos ,símbolo de la limpieza de los humildes, que embriagaba la estancia. Los monaguillos de rodilla agitando el campanil, el cuerpo de Cristo y la unción de los presentes. Quien pudiera volver a a rrojar esos pétalos por las estrechas calles adoquinadas de la memoria.

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