martes, 15 de enero de 2008

Con PASION nada nos falta.



Al maestro Dubé de Luque.

Cumplida la designación del Pregonero, al principio es la luz la que anuncia los días del gozo; la luz de los primeros amores que acariciaron nuestros sentidos; la luz de aquellos días, que apuntan hacia donde la memoria escoge el camino más corto para herirnos. Al principio fue la luz, que a imagen de Dios, vimos que era buena y la cincelamos en nuestra memoria con la lapidaria firma de un orfebre de la palabra: “la vida es una semana”...enmarcada en el lienzo de un cartel. Esta luz que nos suena a gloria, compuesta y descompuesta por las pinceladas del maestro, enseña los colores vetustos que nos saben recién estrenados. Siempre es lo mismo, pero nada es igual cuando tanto importa, la eternidad de los trazos azules que apuntan con sus velados capirotes, profundas bulerías por San Román; la luz sale del taller a la calle, buscando los imposibles cromos que asombran las cales con la aterciopelada caricia de los toneleros; se matiza en tonos suaves, soñando calvario de lirios que suben por la alcazaba y se tornasola en contraluces malvas, reflejada en la cruz de carey, a esa hora donde compone los mejores ocasos en el río. El maestro Dubé de Luque, no impresiona, pinta la verdad como Velazquez, al fin y al cabo la verdad no es más que lo que tenemos delante y en el nuncio gráfico de las bellas artes sobre el óleo, pregona lo que se ve, que el Señor es nuestra Pasión, porque con su Imagen presidiendo el cartel, nada hace falta. Pasión y Muerte convertida en el regazo de María, en auténtica Providencia, como el mismo regalo que nos hace su cofradía Servita. Más como todo lo que entra por los cinco sentidos, tiene la salida imponente de la gracia, no hay mejor puerta que la de Palos, para atisbar la Esperanza, luminaria de los grandes presagios, precedida por el último tramo que nos queda por vivir antes del gozo. Al principio, la luz enmarcada en este cartel de mis primeros y eternos amores, que firma la mano maestra de un genio que nunca nos ha dejado indiferentes. Antonio Dubé de Luque. Maestro de la esencia.

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