martes, 5 de febrero de 2008

MI MEJOR AMIGO

Me despedí de tí serenamente, como lo hacía otras noches en que nos quedábamos a solas cuando todos dormían. Acariciando serenamente tu pelumbre aborregada, tu cálido bajo bientre, tus ingles abiertas como alitas de pollo. Me despedí de tí -tú también lo sabias- que era la última noche de sumisión de entrega de lealtad sin medida de absoluta fidelidad sin condiciones; tu instinto histórico me lo decía con el brillo de tus pupilas apagadas. Gracias, porque ahora sabré lo que es echarte de menos; lo que es vivir sin la sombra que siempre me acompañaba, sin la felpa calentita que siempre se abría hueco en el rincón derecho del sofá donde el tiempo no cuenta. Sabré lo que es vivir sin tu rosca a mis piés; sin el rastro y la huella insoslayable de tu olfato sabueso buscandome por la casa; arañando la puerta de mis voluntarios encierros, para acompañarme, velando mi reposo de guerrero y mis armas oxidadas de humano en celo. Es curioso, sin decir esta boca es mía, tan solo con tus rayantes ladridos de rabia y gozo, como has podido darme la lección de cariño más puro de esta vida. Ya ves, a estas alturas, después de dieciseis años juntos, me quedo con la duda, si fui digno de tí, si te cuidé lo bastante -pobre de mí ser racional- cuando a tí no te cabe la más mínima de haberte entregado hasta morir en mis manos, buscando una caricia agradecida. No he podido regar tus cenizas con lágrimas, no han salido de mí se han quedado llorando tu adios por dentro. El arrebol de tu rabo loco de alegría, se ha quedado dormido para siempre, a mis pies, esperando para darme de nuevo compañía sin nada a cambio. Sé que algún día saltarás a mi encuentro, pero hoy has partido, serenamente -como lo hacías todas las noches cuando apagaba las luces de la casa- a la sombra de mí, querido amigo, descansa en Paz. Rogad a Dios en caridad por el alma de mi querido perro, que falleció en la ciudad de mis amores a las once de una luminosa mañana de febrero de 2008.

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