sábado, 8 de marzo de 2008

AD LUMINA

Domingo de Pasión, amanece, porque el resplandor del incendio de la rubicunda aurora, horedó los ojales del campanario mas alto y en los alcores aljarafeños había una quietud de cielo de madrugada, ese azul marino pavoneado que siempre sirve de dosel al Gitano bendito de San Román cuando pasea garboso por la Avenida. Amanece, porque los grises adoquines parecen de plata festoneados por los meandros del riego y las alas de una paloma tempranera se fueron a fundir con el aire puro del suspiro inmaculado que corona la Plaza del Triunfo, como un beso blanco de azahar que nevó las hojas perfumadas de los Naranjos. Concierto de bencejos en la Alcazaba cuyos acordes se columpian en los barandales del puente y bordan las aguas del río con sus piquitos de oro. La luz entró por el Postigo, que hay que ver lo bien que sabe entrar la luz por ese arco hasta el teatro de la maestranza, donde la vida quiere ser escuchada y la palabra se hace vida para soportar tanta Pasión durante una semana. Amanece; el frac está colgado en el galán sin olvido ni espera, lo ha iluminado el rayo vespertino que entró por la ventana; la camisa almidonada y fresca crepita ante las manos temblorosas de sueño...hay quizás, un pañuelo de tres picos, exactamente igual al que con tanto mimo le planchaba su madre, que esta mañana es todo nuevo, como el antiguo rito de guardar la mirada como si fuera recien nacida. Domingo de Pasión, amanece...

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