EL CABALLERO VEINTICUATRO




La Augusta Dama descendió de las alturas, dejando su silueta de bronce en la cúspide del Alminar, casi sin tocar suelo, sus leves plantas cruzaron la Alcazaba y se posaron en la abierta claridad del Patio de Banderas, antes de perderse por el callejón del Agua, una antigua fuerza irresistible, le hizo girar su egregia cabeza, para contemplar la Giralda enmarcada en el medio punto. Se adentró en los jardines, acariciando el sueño de los tallos desnudos preñados de rosas, nadie como Ella comprendía que el otoño era su primavera inolora pero esencial. Se recreó por la angostura de San José admirando –una vez más –el barroco de Madre de Dios, los primorosos azulejos candelarios y el perfil romo de la casa palacio de los Ibarra. De pronto se vió inmersa en el laberinto de la judería, donde hasta las furtivas buganvillas quisieron saludarla desde el enramado seco de las tapias. Su mano de nieve golpeó tres veces la aldaba, el maestro que la esperaba ansioso, salió a recibirla con la emoción reflejada en su rostro: ¡Cuánto honor, mi Señora!. La ilustre pareja se dirigió paseando hacia el Postigo en ameno diálogo, la mañana era gris y la lluvia añadía un toque de distinción al intercambio de mutuas impresiones nostálgicas. Al llegar a las antiguas Atarazanas, bastó el cruce de una mirada de complicidad, para postrarse a orar ante el Cristo de las Aguas en la capilla del Rosario. Por fín alcanzaron su destino, no más cruzar el umbral del jardín brotaron los claveles de la bienvenida, florecieron las rosas de la caridad venerable y el verde de las plantas se estremeció de gala. Ya podeis bajar del pedestal, mi querido caballero –susurró la Señora- ante el beneplácito del maestro. Los tres próceres ocuparon un polvoriento banco cuyo asiento se convirtió en ojana. Charlaron de lo divino y humano, el caballero venticuatro, se deshacía en elogios ante la vieja Dama, no tenía palabras para agradecerle la feliz restauración de su cuadro predilecto. Su graciosa majestad, conoce a la perfección lo que significa esta obra para la Hermandad. Maese Murillo, puede dar fé de estas palabras y de mi insolente insistencia en que plasmara dos ejercicios caritativos que debían cumplir los miembros de la Hermandad. Una de ellas es asistir a los enfermos durante su curación y darles de comer como se recoge perfectamente en esta obra. Murillo presenta a la santa rodeada de leprosos a los que cura con sus propias manos. Los enfermos están representados con absoluto realismo, apreciándose incluso sus padecimientos y dolores. La santa lava la cabeza de un joven asistida por varias damas que visten elegantes trajes, contrastando con la pobreza de los ropajes de los tiñosos. Tras ellas se contemplan las lentes redondas de una mujer. La escena se desarrolla ante una monumental arquitectura como era habitual en esos momentos -véase la serie del Hijo pródigo- creando una composición piramidal que tiene como eje a santa Isabel. La luz dorada baña todos los personajes para crear una atractiva sensación atmosférica que diluye los contornos pero no omite ninguno de los detalles como las calidades de las telas o los reflejos en la palangana de metal. Al fondo, teniendo como escenario un espectacular pórtico, contemplamos una segunda escena en la que se representa a santa Isabel dando de comer a los pobres, segunda parte del ejercicio caritativo entre los hermanos de la Caridad, de los que Murillo era miembro desde 1665.. El maestro suspiró visiblemente emocionado ante las vibrantes palabras del caballero venticuatro y la vieja Dama, asintió, radiante de orgullo y satisfacción: Sabed, venerable caballero, que esta obra maestra, recuperada felizmente en todo su esplendor, permanecerá expuesta en el Palacio Real de la Villa y Corte unos meses, para regresar a su hospitalaria sede de origen –es decir su casa- donde hará las delicias de todos sevillanos y visitantes que deseen contemplarla. En esos precisos instantes, un viento de otoño –sereno y tibio- volteó las hojas del jardín y los tres insignes personajes, volvieron a depositar el alma en sus respectivas ubicaciones; la Giralda, la judería y el compás de la Santa Caridad, donde la estatua del caballero venticuatro se erigía orgullosa contando los días para dar las bienvenida a tan querida obra.

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