viernes, 22 de junio de 2012

Regreso al Postigo


Cuenta la leyenda, que en la fábrica de Tabaco, las mujeres gobernaban como auténticas amazonas, permitiéndose lujos y licencias que trascendían a cualquier norma o reglamento. Los días insoportables del verano hispalense, cuando las temperaturas alcanzaban las defensas de adobes y muros, las cigarreras desempeñaban su labor como ninfas desnudas en un lago de tabaco y palma, que ni el mismísimo y temido “pagador” se atrevía a cruzar.

Al influjo arrebatador que suscitaban estas míticas sirenas de Sevilla, se sumaba el interés de afamados artistas por pintarlas en el hábita de luz y humanidad que respiraba el recinto, cosa que consiguió para la posteridad don Gonzalo Bilbao, en su portentoso cuadro costumbrista, que refleja con todo realismo, el dinamismo, el color y la vida, que derrochaban las cigarreras en su puesto de trabajo.

La calle de San Fernando bullía con empaque de fiesta, las horas de entrada y salida de estas míticas mujeres, concentrando a centenares de hombres que arrojaban sus capas al paso. Hasta el país vecino llegó la fama que inspiró a Biset a componer la célebre opera dedicada a Carmen, la más legendaria de nuestras cigarreras.

Juan de Dios, también llegaba con su carro a recoger a su bella cigarrera, la cual entre ruborizada y muerta de vergüenza, ante los exabruptos y maledicencia que su novio dedicaba al personal, se escabullía en la carga reprendiéndolo: “Niño, ¡callate! Que me vas a buscar una ruina”.

Después la apeaba en el Paseo Colón, antes de que el hermano de la cigarrera reparara que venía acompañada de tan mala fama.

Cuando Juan de Dios comprobaba que Rosario estaba a salvo en su casa; aparecía arreando el carro, para llamar la atención de su futuro cuñado, profiriendo: “¡cabrones a montones, agarrenme los cojones”!.-

Las mujeres asomaban a las ventanas y balcones riéndose a mandíbula abierta y las matronas escondían a los niños santiguándose.

El hermano de la cigarrera montaba en cólera y lanzaba piedras al carro de Juan de Dios al tiempo que profería palabras injuriosas contra el carrero. Una de estas piedras alcanzó el cuerpo de Juan de Dios, produciéndole una brecha en el hombro que lo hizo revolverse de rabia y dolor: “¡Soooo mula...me cago en la puta de madre que parió al cabronazo este...te mato...yo te mato!”
El cuñado, cuando lo vió correr hacia el, como un poseso, puso pies en polvorosa camino del río. La madre de Rosario -proclive al escándalo y la dramatización- brindó ante el público su más ensayado repertorio de lamentos, ayes y suspiros:
¡Ay...mírala...si yo lo sabía...ay...si lo estaba esperando...ay...mira que te lo dije...mira que me dolía la boca de decírtelo...ay...que vergüenza más grande...con lo que yo he mirado por tí...y lo que el pobre de tu hermano está luchando...ay...hija de mi alma, tenías que fijarte en el sinvergueza ese...bajuno, deslenguado...con la pinta
de chulo que tiene...ay...que ruina mas grande...ay...que me lo mata...que es capaz de
matarme a mi hijo...!”.
El tito Curro intercedió en la refriega, exhortando a Juan de Dios a que se tranquilizara; le saneó la herida con el botiquín que había en el garaje y le recomendó, por el bien de Rosario, que no volviera al barrio hasta que se calmasen los ánimos.
Juan de Dios, juró y perjuró antes, que mataría al cuñado: “tarde o temprano, lo tengo que coger y cuando lo coja, le parto la boca, tu me conoces y sabes que soy un bestia”.
.- Por eso precisamente, porque se lo bestia que eres, deja que las aguas vuelvan a su cauce y vete para tu casa. Tranquilo, no te preocupes, yo me encargo de vigilar a Rosario; aunque esta noche -cuando vuelva el hermano- montarán el final de la novela, son de esa clase de gente que prefieren lavar sus penas con sangre, antes de donarla a los demás y arreglar las cosas por las buenas.
.- Los chicos se miraron en serio y al punto, rompieron a carcajadas, acordándose de la cara del hermano de Rosario, cuando vió a Juan de Dios correr rabioso de ira hacia el...
¡Tenía toda la cara de una aceituna de oliva, compadre!” .-se mofaba Curro.-
.- “¡Todavía huela a mierda en la calle!”.- se burlaba, Juan de Dios!"
Fragmento de la novela inédita: El Caballero veinticuatro...próximamente.

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