jueves, 27 de septiembre de 2012

No me gusta nada


Ví a una mujer que hace treinta años se echó a la calle también demandando las mismas reivindicaciones en todo lo que ella llamaba, vulneración de sus derechos. Ella se manifestaba porque después de trece años de trabajo; la habían dejado sin sus “quinquenios”; sin sus pagas extraordinarias y no contentos con ello, obligado a trabajar más horas con menos sueldo. Decía que no le importaba apretarse el cinturón en solidaridad con los más de cinco millones de parados, pero que también tenía hipoteca que pagar y que el banco no se había solidarizado con ella a la hora de cumplir religiosamente con los plazos; ni la compañía de agua, ni la del gas, ni mucho menos la eléctrica, le habían concedido tregua alguna en el pago, ni aplicado tarifas especiales anti crisis, para compensar y ajustar los precios proporcionalmente a la baja de su salario, todo lo contrario, que el gobierno había aprobado una nueva subida de dichas tarifas. Ví también a muchos estudiantes, que son mayoría de indignados, aunque se les quiera manipular mezclándolos con “okupas-antisistemas”, cualquiera de ellos podía ser aquel de nuestros hijos, que sufre por dentro la pena de la impotencia, el querer estudiar y no poder hacerlo en su especialidad, por falta de medios, de recursos, en una palabra de liquidez, esa misma liquidez que el ínclito Montoro pone ahora a disposición del tesoro de Botín en formas de Becas ICO. Vi -sobre todo- a muchas personas mayores de cincuenta años; hombres y mujeres que han vivido en sus carnes el anterior régimen franquista, luchándo y jugándose sus tipos ante la policía, que además se llamaba armada y vestía de gris, en defensa de sus reivindicaciones laborales, cuando los deberes eran superiores a los derechos y estos últimos se obtenían a base de sangre, sudor y lágrimas. Los mismos hombres y mujeres que vieron cumplidos sus sueños de lucha con una esperanzadora democracia que les devolvía el estado del bienestar. Quien les iba a decir a estos hombres, en el esplendor de sus vidas, que iban a ser víctimas de este retroceso social-laboral, tan atroz y desproporcionado como histórico. Ví como en sus rostros se reflejaban los rasgos de la mayor de todas las preocupaciones: la pérdida de su empleo; el miedo y la incertidumbre por el futuro de su empresa; la sorpresa y desolación de una jubilación anticipada, cuanto más la desesperación por unas pensiones irrisorias e indignas en base a su cotización. Y cuanto ví me pareció tan digno de indignación como la que sentíamos todos por culpa de unos recortes impuestos por los mismos mercados y bancos que nos han llevado a tan deleznable situación crítica, sin que ningún grupo político del bipartidismo haya tenido la dignidad ni honradez de paliar el entuerto. Después de todo esto, vi una manifestación abigarrada en torno al Congreso y me pregunté, cariacontecido, ¿Que hubiera ocurrido si esta muchedumbre compuesta por más de 7000 personas, hubiera respondido con la misma saña y brutalidad con la que cargaron los antidisturbios? La pregunta la dejo en el aire, suspendida entre los muchos comentarios sobre el 25S que he leido en los distintos medios de comunicación y nada ni nadie consigue ofrecerme una respuesta justa ni ajustada a derecho. No me gusta nada; continúo viendo máxima desproporción en la contundencia con la que actuaron las fuerzas del orden; continuo viendo, golpes a discreción, personas volteadas sin importar el sexo o la edad; flagrante manipulación en los medios según su estatus político y puro estado policial en la forma de tomar Madrid y sobre todo sembrar el pánico en la estación de Atocha.


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