lunes, 11 de noviembre de 2013

Lo lamento, Sr. García

http://www.youtube.com/watch?v=qAI6sJUHRAA&feature=share


A las cosas hay que darles la importancia que merecen; lo siento mucho, D. Manuel García, pero en uno de los días más importantes y felices de su vida, cuando todo son aplausos y felicitaciones, -entre ellas la de este humilde opinador-, lamento el bochornoso espectáculo que han dado los miembros electos de su Junta de Gobierno, en el momento en que se hizo público el resultado del cabildo de elecciones. Desconozco el nombre del hermano macareno que procedió a la lectura del acta, desde el atril de la Basílica, admiro y comparto la ovación merecida que recibió el reelegido Hermano Mayor, cuyo rostro sereno, reflejaba la mezcla de tensión, emoción y visible satisfacción por el respaldo obtenido, como también censuro el gesto impertérrito de mal perdedor, del hermano en la oposición, D. Agustín Conde, quien lejos de la fraternidad exigida en buena lid, permaneció ajeno a los aplausos que aclamaban a D. Manuel García. Después todo fue una sarta de despropósitos que derivó en lamentable marabunda populista y descabellada, dentro de un recinto sagrado, donde sólo cabe la autoridad y el respeto. Lamentable la alineación de los miembros electos de la junta, vociferada a modo de “sparrin futbolero” desde tan egregio atril y la reacción entre vítores e irreverentes muestras de cariño con las que se acogió a cada miembro por parte de los mismos candidatos y afectos. Lo considero una falta de respeto descomunal, tanto en el lugar, como en las formas, que espero no traiga otras consecuencias más graves en el futuro, que la sensación de haber dado muestras públicamente de una Hermandad, dividida y quebrada, en detrimento de la candidatura derrotada, que tuvo que aguantar estoicamente semejante humillación a causa de tan escaso margen de diferencia en los votos. Ya se que en una hermandad, no debe haber vencedores ni vencidos, lo acredita la añeja cita del “todos remamos en la misma dirección”, pero en una hermandad de la categoría, historia y trascendencia, como la Macarena, que estos hechos se produzcan dentro de la propia sede de tan universal devoción, no solo deja mucho que desear, sino que da una imagen bochornosa del espejo incólume donde se miran tantos creyentes en la fe. Me pregunto, ¿Que celebraban vdes., señor García, con semejantes muestras de frenético entusiasmo?...¿Se puede exteriorizar el gozo y la alegría, llevándolo a tan esperpénticos extremos? Naturalmente que se puede exteriorizar el gozo y la alegría, como la satisfacción del deber cumplido, puestos en pié aplaudiendo al unísono a todos los hermanos macarenos, como se aplaude al pregonero de los “armaos”. Pero parece ser -y a las pruebas me remito de los que estuvieron presentes en el acto, como de los que hemos observado los hechos por el vídeo que circula en las redes- que no, que vdes., celebraran la derrota de unos hermanos que se atrevieron a seguir la continuidad por la senda de la oposición; parece ser que vdes., celebraban la victoria en “champión” de las viejas glorias macarenas y se os ha visto el plumero de la cohorte de Pilatos, sin reparar en que el mundo es un pañuelo de oportunismo e inmediatez que da la vuelta al globo en cuestión de minutos. No digo que vuestro exceso de cariño, haya sido con mala intención, pero nos habéis hecho pasar vergüenza ajena convirtiendo el templo en cueva de ladinos, bajo la augusta presencia del Señor de la Sentencia y la Virgen de la Esperanza. No es el fondo, lo que cuenta en estos tiempos de crisis existencial y socio-económica, es la forma de celebrar un cargo en Junta, como los jugadores de élite, sin tener en cuenta que en una hermandad, por encima del cargo, la vara o el sitio de privilegio, lo único que se celebra es el triunfo del culto, la formación y la asistencia social o Caridad, cosa que sus hermanos, Sr. D. Manuel García, han dejado en entredicho con su actitud desmesurada en un sitio, donde sólo tiene cabida la compostura, el respeto y la Esperanza. Lo siento mucho, hermanos macarenos, pero a las cosas hay que darles la importancia que merecen.




 

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