viernes, 29 de abril de 2016

EL AMOR, estrena MADRE

a Reyes
El rostro de Dios, nadie lo ha visto. El Dios necesario, trascendente e infinito, no lo conoce el hombre. Solo el Amor de Dios Padre, logró ponerle rostro y sustancia a la Segunda Persona, presente en el Santísimo Sacramento del altar. Es el Dios encarnado, cuya definición indefinible, revela el Apostol San Pablo con lengua de Angeles en la sublime carta a los Corintios, inspirada sin duda por el Espíritu Santo.  El AMOR único a la altura humana solo es posible en la tierra, de la mano de una Madre. La Virgen Santísima, madre del Dios encarnado, es la imagen viva y eterna del Amor de Dios, el Amor imposible fuera del diálogo interTrinitario que se establece en la unción materno filial entre María y Jesús.
 La Bienaventurada María, presenta ante el mundo, la mirada del Dios viviente, el Amor en pañales, el Amor recién nacido, que al adorarlo se hace idéntico al ser humano, amándonos como el primero, De El, la madre del hijo de sus entrañas, la madre que amamanta, la Madre que da sentido al Amor, al único y verdadero Amor de Dios trascendente. Nadie ha visto ni verá tanto amor fuera de una Madre. Nadie conocerá el Amor como el de una Madre con el hijo en sus brazos. Nosotros sentimos ese Amor filial que se hace capacidad, para que seamos torrente, al ser creado por la providencia de Dios. Por eso no hay palabras para definir el asombro de este Amor único, que recibe en su regazo la obra cumbre de la creación, el ser más perfecto y a la vez más indefenso, el más necesario y a la par más necesitado de Amor.
 El día de la Madre, es el día del Amor de Dios, de ese Amor trascendente e infinito, que solo el Padre Eterno a puesto a disposición de la nueva Eva. Contemplad la foto de una parturienta al punto de dar a luz; contemplad que en sus gritos desgarrados, que en el apretado dolor de forzar sus entrañas, que en el estertor caótico de su descomunal empuje, está la mas grande de las alegrías. Las lágrimas purifican sus temores y al punto se tornan en llanto emocionado que celebra el gozo. La luz en estado de nueva Esperanza lo inunda todo. Ante la contemplación de una Madre, se cumple el milagro de la vida y cobra sentido el misterio que toda religión encierra, tanto en el aspecto material como en la carga espiritual que supone dar a luz, concebir el ser imagen y semejanza de todo un Dios verdadero, que nos regala en el don maternal, el AMOR, que espera, que fía, que no pide, que no tiene envidia, que no se engría.
 No hay mas que ver en el rostro de una Madre para creer, en ella para siempre. La ternura de su mirada es un acto de fe en sí misma. El brillo de sus ojos deslumbra las palabras; su torva faz cuando intenta reprenderte, te provoca sonrisa. ¿A quien acudiremos cuando estemos tristes, cuando el dolor o la enfermedad nos cercan; cuando los problemas parecen no tener otra salida? Es prodigiosa la respuesta de una madre ante nuestras dudas; lo que sabe de nosotros; lo que entiende sin necesidad de aprender más, que de su instinto creador-maternal. Si alguna vez que otra nos resulta implacable su afán de protección, más grande se hace con el paso del tiempo, la herencia que atesora su vida en duermevela, siempre al atisbo, siempre dispuesta, en alerta del horizonte, por si nos ve llegar, correr a recibirnos como el Padre misericordioso, que se adelanta, para reducir el más leve gesto de humillación y ofrecernos el lecho siempre cálido y la leña perenne y encendida del hogar. Porque el Amor de Madre es el mismo Amor de Dios, infinito y trascendente, que posee entre sus muchos dones, el vernos siempre como niños.



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