El cielo era un amasijo de colores, semejante al grisáceo de los vagones polvorientos, la muerte resbalaba por el terraplén de la tragedia. El otoño avisaba con su temple crujiente de hojarasca, tejiendo una alfombra de tréboles, naranja y pardo. Sin embargo, el paisaje era el de un prado verde, pespunteado de olivos. El aire soplaba humedad, despertando melancolía en los lívidos rostros taciturnos. Brotaba la blanca fumata que precede al incendio, se volvía el aura amenazante. Pronto, la infausta caravana de los ilesos, bajo un silencio sepulcral, arrastraban el miedo con sus maletas y apeos, iniciando una marcha concientes de haber nacido de nuevo. ¿Como se podía mirar, lo nunca visto? Como asusta el color de la sangre por la nariz, manchando la camisa, la sudadera; como tiemblan las manos marcando en el móvil, el 112. Dios mío, ahora que estoy viendo, sin mirar, la masacre: "Aquí, ha pasado algo muy gordo" y se me parte el alma y empiezo a llorar como un niño. Llegan los primeros auxilios. Lo nuestro no es nada, comparado a los gritos ahogados, pidiendo ayuda, quebrando un silencio de daños crecientes. Me vuelvo, llegan voluntarios, veo como algunos heridos leves, ayudan a sacar a los damnificados de un vagón, rompiendo las ventanillas. Entramos en el habitáculo siniestrado, se nos encoge el alma con lo que vemos, nadie está lo suficientemente preparado para presenciar la masacre. Bendito sea aquel sacerdote que abrumado por el dolor, sacó agallas, para consolar a los moribundos, impartir la bendición y administrar el viático, transido de caridad y llorando como un niño. Llorando como niños, para sacar lo mejor de nosotros mismos, como los que se volcaron para trasladar en sus coches particulares, a los heridos, al Hospital de Toledo; como los que vaciaron su farmacia para atender a las víctimas, con toda clase de analgésicos, antiinflamatorios, gasas, vendas, etc. Así como todos los que tomaron supermercados, panaderías, fruterias y todo lo necesario para hacer grande el pueblo de URDA, tomando el recordado ejemplo de ADAMUZ, porque Amen del trabajo encomiable de las fuerzas y cuerpos de Seguridad del Estado; UME, Protección Civil, Cruz Roja, Bomberos y Cuerpos Sanitarios, en los momentos álgidos de la tragedia; el pueblo se hizo grande, auxiliándose los unos a los otros; dándolo todo, demostrando sin vacilación, que está muy por encima de sus políticos y gobernantes.
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