HIJA DE SEÑÁ SANTA´NA


















Felicidades, abuela Señá Santa Ana, en memoria de mi abuela Luisa, la trianera de la calle Arenal que me enseñó su acendrada devoción de los venticuatro y venticinco de Julio, sentada en su mecedora por causa de la invalidez de sus piernas vencidas. Felicidades en nombre de todas las abuelas de Triana desperdigadas por barzolas, polígonos y letanías alejadas por una calidad de vida que nunca llegó a la altura de la cruz laureada de San Jacinto, Pureza y Castilla. Aquellas abuelas Santa Ana de delantales impolutos y perfumadas moñas de jazmines, que lograron reunir en poco más de cinco metros cuadrados a todos sus hijos e hijas, a todos sus yernos, a todos sus nietos, sin necesidad de pagar otro capricho que no fuera la sonrisa abierta de su boca con un solo diente y el cariño de aquellas canciones de culto que se guardaron para siempre como las cosas claras y el chocolate espeso. Siento hoy los gozos de la Señá Santa Ana, sentada con su Bendita Hija y con su Divino Nieto, como tantas abuelas se sentaron a las puertas de sus corrales trianeros, para abanicar la brisilla marinera del río; gozos de la quilla engrasada de la cucaña, que lograban coger la bandera, jóvenes héroes de una infancia que se entretenía con la ilusión y la aventura a falta de medios. Hoy la velá sin ser la misma, sigue siendo única: faroles que sujetan guirnaldas para iluminar el puente que separa los sentidos, puestecitos de avellanas verdes; monumento a la soleá sobre el escenario del Altozano, cante chico que hizo Triana grande en las tabernas y una calle del Betis, real de la fiesta paralela a la larga, por donde el corazón agradecido se adentra en la Real Parroquia, para felicitar a la Abuela de todas las Abuelas, un año más con todo el calor de Julio.


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