miércoles, 18 de marzo de 2009

PALABRA DE AMOR


Tenía mucho miedo. Sabía que llegaría el día de huir de los hombres con los que había intimado, conocía demasiado de ellos: sus lascivos hedores, la intensión de sus gestos, hasta las pulsaciones de su promiscuidad. Corría desesperada por la calle de la amargura, el calor del mediodía ensopaba su frente y fijaba las mechas de su alborotada melena en su rostro jadeante. Los mismos que gozaron el hosanna de su apetitoso cuerpo, ahora clamaban venganza de lapidación, blandiendo en sus sedientas manos guijarros de fanatismo de la vieja muralla de Jericó. Las mismas piedras que la cercaron dejándola sin salida atrapada en el muro de las lamentaciones. Allí, se desplomó, creyendo que su hora era llegada y besó tierra santa con sus labios ásperos de ocre, mientras apretaba en sus manos temblorosas los granos del último tiempo contado en segundos de arcilla y arena. Entre las tinieblas del contraluz del sol filtrado por las matas de su espeso pelo, adivinó la luz en manos de la luz que sabe poner en el momento justo, tierra de por medio. Y escuchó al amor de su vida hecho palabra de Amor enfrentada a la insoportable vanidad de los hombres: El que esté libre de culpas, lance la primera piedra”…El silencio otorgó su magistral sentencia, huyó el miedo como se deslizó la seda polvorienta del cabello por su faz iluminada. Cayeron las piedras de todas las manos a los pies de cuantos atónitos escucharon aquella luz hecha palabra: “Vete mujer, tus culpas te son perdonadas”. María quedó turbada desde entonces, había visto al Amor y se sintió por aquel Amor obligada a sabiendas que a ese tipo de Amor ni con todo el Amor del mundo se paga, sencillamente por que su Amor no era de este mundo. María su consagró al Amor en cuerpo y alma, le entregó la flor de castidad de su silencio íntimo, fue todo oído de alabanza , se convirtió en humilde sombra y se abrió un hueco donde nadie advertía su presencia más que El , que una noche la tomó por ejemplo, perdida en el deleite de ungir los pies sagrados del maestro con perfumado aloe cubierto por el manto sedoso de su pelo: Mientras vosotros bostezais en el cenáculo sin apenas entender el significado de mis parábolas, esta mujer alivia mi cansancio con unción. La mujer que era capaz de traducir hasta los más recónditos pensamientos del hombre, no intercambió una sóla palabra con Jesús, porque sabía que el Amor no tenía más que un verbo, Amar en su nombre.

martes, 10 de marzo de 2009

Nazareno de Escuela




Habían fabricado un cielo a su altura y no daban con él, porque lo tenían delante. Era un cielo de atormentadas visiones, los que no lo veían los tomaban por locos. Salían a su encuentro cada mañana como auténticos penitentes tras luces y sombras. El primer trazo de un pájaro en el aire les distraía, la silueta de un cúmulo, los abrumados cirros transformados en jirones, grababan en sus mentes cabelleras de santos. Las manos de los hombres en el quehacer diario, serían futuras manos de atónitos sayones. El fruce de los ceños, la arista de unos labios el perfil indolente al final de una barra, darían forma a la inédita idea preconcebida. Sus pasos no sentían la tierra que pisaban, su amor no consentía amar a otra persona, su amor era invisible, de todos y de nadie, amor en puro trance, amor en celo. Se cubrian con el manto oscuro de la noche, lo bordaban de estrellas, de espinos y de cardos, recorrian los caminos de hojarasca, atisbando la perfección que nunca alcanzaban, perdidos en un campo de terciopelo y oro sembrado de tules. Entre las polorientas tablas de sus talleres, los bustos inconclusos, los torsos decapitados y los mutilados brazos, ensayaban un juego en busca del cuerpo imposible. Sólo el aura de luz, lograba encender la expresión con su rayo. Bombo y perfiles soñando en el lienzo de la madera en bruto, virgen, sin templo ni cartelas; esquinas desnudas, esperando la ronda de los pasionistas ángeles o el hueco dispuesto para la pluma, el león, el toro y la serpiente que rodea el caiz de los cuatro evangelistas. Habían fabricado un cielo a su altura y brillaban en él sin miramientos. Divinos ignorados por el Dios extraido del cedro, aquel Dios que decían, hallábase en los nudos de la espiral del tiempo. El Dios en el que tantos encontraron salvación y consuelo sin pararse a pensar en las manos que a Imagen y semejanza lo concibieron. Cuando los palios lloren vaivén de plata añeja; cuando los cirios rebosen su luz de miel en candeleros, cuando los mantos recogan sus brillos de alta noche oscilando entre fulgidas llamas de guardabrisas, en un rincón perdido, el buril de un esteta dará un golpe en el yunque con el tas del recuerdo, temblor y latido del mismo corazón de la Semana Santa más natural de Sevilla.

domingo, 8 de marzo de 2009

CAIDO SE LE HA UN CLAVEL

No le pongas a la niña, Caridad ni Piedad, que son nombres con los que se sufre mucho y el sufrimiento no tiene fecha de caducidad. Es igual que su honónimo “sentimiento” que no pasa de moda, que sólo se altera con la expresión de la belleza, según la luz que reciba.
. Ponle un adjetivo a la niña del arenal; un piropo, un epíteto, blanco y radiante como el sudario que se expande en su bendito regazo.
Esa niña tan joven; esa princesa de tul con carita de rosa, es imposible que abraze el cuerpo mustio de un hijo. No lo ves que no está muerto, que duerme el sueño de los justos, de los que alargan su diestra y señalan con el índice hacia el clavel de la vida.
No le cuentes a la niña otra pena que no sea la ilusión de tu mirada, tu dicha al contemplar que su excelso dolor es la Piedad de todas nuestras culpas.

viernes, 6 de marzo de 2009

AL principio fue EL SILENCIO

Al principio era el Silencio, antes incluso que el verbo, se hizo el Silencio que vió la primera Luz. Arcángeles invisibles, soñaron la creación en ese génesis de Silencio que fue la nada. Nació en Silencio el amor para abarcarlo todo: el agua, el aire, la luz y el fuego. No había palabra más nítida que el silencio, ni canto, ni murmullo, ni oración más grande en el paraíso de la vida. No era preciso prólogo ni índice, no había dedo que poner en ninguna llaga, ni labios sellados, ni siseo, solo los dos arcángeles invisibles en las brumas de una aurora de incienso para darle custodia y flanquearlo. Dicen que se ve al mismo Dios en el Silencio, que incluso se le escucha y es posible versar un diálogo mudo con el hijo del hombre. Sevilla dice mucho de silencios y en El basó la fuente de su primitiva religiosidad. Desde el Silencio claustral del ora et labora donde forman los vencejos cohortes de primavera, hasta las cuarteladas esquinas de omnium sanctorum que vieron bautizar al primer nazareno, todo es un clamor de armoniosos silencios. Silencios mudéjar de profusión de ojivas; Silencios de alminares convertidos en torres, alcazabas de lunas que guardan los misterios del silencio por callejas y plazas hasta el atrio donde vela sus Armas el puntual cordero de Dios, el de los piés descalzos; el que abraza la primitiva Cruz de esta Jerusalem que vive eternamente en Casa de Pilatos. Al principio, todo es silencio de primer Viernes de Marzo, donde todo comienza para que nunca acabe junto a sus piés descalzos, beso eterno en un campo de lirios morados, donde se yergue un Silencio de siglos que fue incluso antes que el verbo. 

martes, 3 de marzo de 2009

LOS CLAVOS DE CRISTO


Llegaba su tiempo de actividad frenética, de consagración efusiva al trabajo altruista que condicionaba su vida. Veía la llaga del costado de su cristo –sangre cristalina por el agua de la purificación- e inmediatamente le sorprendía el dolor apagado de su propia herida abierta en salazón. No tenía tiempo para escuchar las Angustias de su corazón, pero sentía los latidos atrapados en un cuerpo que no le correspondía a su alma. Su madre lo sabía todo de nacimiento, que no sabrán las madres de sus hijos cuando éstos nacen tan distintos al común de los mortales; los dos se tenían el uno a otro sin condiciones con ese Amor tan parecido a su Cristo que siempre quiere más que ayer pero menos que mañana. En la Hermandad era tan imprescindible como necesario; había aprendido la esencia de su idiosincrasia a la sombra de las viejas glorias priostiles. Fue monaguillo en su infancia, el más preclaro asistente del bueno de don José; cruz alzada en responsos y funciones principales, naveta en la procesión claustral y acólito ceriferario incondicional en los tiempos que se cobraba por salir. No conocía otro camino que el de su casa a la hermandad, donde la vereita no criaba nunca hierva; limpió tanto y tan bien la plata - cuando no era plata- que lo parecía y no se hubiera dado cuenta de ello a no ser que un día sus auxiliares le llamaron prioste por aclamación en un homenaje inesperado, donde recibió la medalla de los venticinco años entre lágrimas de rubor y atropelladas palabras de agradecimiento. Tenía un estilo impecable tanto en el vestir de traje para las grandes ocasiones, como para ponerse el “mono de faena” sin peder arrogancia y compostura. El buen gusto, las buenas maneras, su estricto sentido de la estética y la proporción, causaban la admiración de propios y extraños en el montaje de cultos y altares; en la exquisitez y clasicismo con que preparaba los pasos y sobre todo en el aderezo de las imágenes, donde la huella de su impronta brillaba con luz propia. Sin embargo cada noche en el duermevela a la espera del gozo, sentía como la llaga de su corazón supuraba la hiel de un desengaño. El miedo al qué dirán se convertía en pesadilla: “Dios mío, pasa de mí este caliz de inseguridad y desafuero, haz de mi cobardía penitencia como yo lo hago de mi propia inseguridad…absuélveme de esta culpa que me atenaza, libérame Señor por tus heridas y por tus clavos”. Sentía deseos de correr a la calle gritando como la loca que era atrapada en la farsa de un cuerpo varonil, secreto a voces que todos sus hermanos respetaban, admiraban y compartían como algo propio, pero que estaba condenado a guardar la falsa moral de unas apariencias establecidas bajo el juramento indecisorio de unas sagradas reglas. A la mañana siguiente despertaba musitando sus coplas de golondrina, alegre como una rosa, tomaba su cruz de libertad condicionada, miraba su túnica de penitente antiguo sacada ya del armario, suspiraba de emoción y una furtiva lágrima le recordaba que su pena era tan hermosa y feliz, como la de su amantísima virgen dolorosa a la que tenía la inmensa suerte y privilegio de vestir para su inminente salida bajo palio.

miércoles, 25 de febrero de 2009

PAGA LO QUE DEBES








Dueño y Señor de la SALUD...




Hablan de una Hermandad antigua y señera; la humilde Hermandad que ellos conocieron en los años difíciles de la miseria. La Hermandad que traía a su Cristo a hombros desde Santa Catalina, hasta su querida Iglesia de San Román resurgida como ave fénix de las cenizas de la sinrazón. Se les llena la boca de gloria musitando su nombre: Salud, que es lo más grande del mundo, lo más importante -qué más podemos pedirle a la vida teniendo Salud, teniéndolo a El-. Hablan de lo que era la Hermandad entonces y el apagado mate de sus ojos reluce con el fulgor de una huidiza lágrima, al contemplar su actual patrimonio y el esplendor que vive en estos momentos. ¡Qué sabrán estos jóvenes de ahora tan altivos como emprendedores , qué sabrán de fatiguitas prestadas, de túnicas de remiendos, de estirar los despoblados tramos hasta juntar el “senatus” con los ciriales de latón!. Pero teniendo Salud, pero teniéndolo a El: -mira en qué nos hemos convertido-. No hay cosa más gratificante que saber escuchar a los que hablan con conocimiento; y saben rezar con la experiencia de los años en su haber: “Tu eres Señor, la honra de nuestra raza...el fruto bendito de su vientre... Nuestro Padre Jesus de la Salud”, ahora y en la hora -como siempre has sido y serás- el que abrazó la Cruz de nuestras Angustias - tanto en los tiempos color sepia del hambre-, como en la bonanza; Ell elegido -sin duda por el Todopoderoso- para presidir el Vía crucis de esta crisis actual que nos ha contagiado a todos y en todos los sentidos. No saldrás a una calle cualquiera, ni a una ciudad de las que tantas necesidades padecen en el mundo. Saldrás al encuentro de Sevilla, cuna de todas las razas, la que hizo de tu bendita etnia, una hermandad orgullosa, devota y universal. No es por casualidad que tu Sagrada Imagen acuda este año a nuestro auxilio. Nuestro auxilio ha recurrido a tu Nombre, nuestro auxilio es el nombre del Señor de la Salud, no podía ser otro. Podría decirte muchas cosas –pura retórica en malos tiempos para la lírica- te lo dirán mis ojos cuando te vean de nuevo con la mirada de aquel niño de San Román que nunca te rezó otra oración que no fuera el saludo de un hijo a un Padre. Entraba a verte, yo te presentaba mi respeto y Tú correspondías con el recogimiento en aquella recoleta capilla Sacramental donde despachabas la Salud en calidad de Amor de los Amores.
Te lo dirán los leales del Jueves Santo, criados en las casas de vecinos, cuyos patios se impregnaban del aroma de incienso de tus solemnes quinarios; las caras conocidas que lloran de alegría cuando nos volvemos a encontrar en el mismo sitio para verte. Lo dirán tus cabales Gitanos de caravana y candela, los mismos que hacian palmas al compás de bulerías donde cantó “Caracol” y el maestre Mairena con sus llaves del cante en la mano. La Esquina de la cadencia escrita en el papel de las cales de Dueñas con letra de los Ortega. El corazón no envejece, tiene salud de hierro forjado en yunque y fragua. Tu exquisito rostro de bronce, tu extrema elegancia, le va a poner nombre de Salud a todas las Angustias que atenazan el alma. Este piadoso Lunes de cuaresma, cuando camines por “tientos” a hombros de todos los cofrades de Sevilla, nuestra sentida oración -te lo dirá- hecha clamoroso silencio en busca de tu auxilio. Nuestro auxilio es tu nombre, Padre y Señor de la SALUD, porque Tú eres la honra y el orgullo de todas las razas.




a Jerónimo_madrid



horario e itinerario: http://www.artesacro.org/Noticia.asp?idreg=46608 ..

lunes, 23 de febrero de 2009

NAZARENO DE LUZ


Erase un “nazareno de luz” que se echaba a la calle, que pasaba mañanas y tardes retratando un milagro a voces que todos contaban y muy pocos podían ver. El nazareno de luz, era capaz de acrisolar el aire en su cámara y transformarlo en soplo de brisa que hacía brotar la flor primera del naranjo. En medio del ruido, caminando entre la rutina, el nazareno de luz, se abría paso por el desierto de la vida para mostrarnos que “no solo de pan vive el hombre”. Sus pasos cruzaban en silencio, los dinteles de los Templos, su cuerpo estremecido por la emoción, se sumergía en la penumbra de las naves, para mostrarnos el alma de lo que no se vé y captar el espíritu de las cosas que por cotidianas, no nos parecían tan bellas hasta que las contemplábamos reveladas en sus fotos. Fotos de luz y colores apagados por las neblinas del sueño a escala del gris intemporal que hace que la realidad del momento nos parezca escapada de otros tiempos. Donde había muerte crucificada, nos mostraba la fuente de perfección del Amor hecho arte por amor al Arte; donde las manos se apretaban con cordeles y el hombro se quebraba por el peso de la pasión, nos señalaba un magnífico altar sembrado de cirios que en perfecta geometría rendía culto solemne ante sus dulces plantas. Nazareno de luz que allanaba un camino perfumado de blancos claveles, camino de altura, donde el dolor, la pena y el llano se convertían en belleza de mujer bendita entre todas. Y asi iba marcando los cuarenta días con su cirio de luz –gota a gota- atrapando en imágenes la creación del sueño. Pocos sabían como él visualizar las maravillas que nos brindaban esos momentos: el rayo que se filtra por las vidrieras del ábside y la salva de incienso lo descompone en iris; el beso furtivo del sol bañando las espinas en plena protestación de fe; el ángulo oscuro donde duerme el esqueleto de una parihuela; el encuentro fantasmagórico con la primera “mudá”; el piadoso recogimiento en la esquina de una noche que refleja la silueta de un Cristo en las paredes del Vía Crucis; estampas cotidianas que renacen en la ilusión del más grande de los niños cuando pasa bajo la meta volante de los “capirotes” que anuncia la Puerta de Carmona. Este nazareno de Luz, retrató la Cuaresma mejor que ningún miércoles de ceniza, nos la brindó con sencillez de mira y hondura de calle, nos enseñó que el río más grande puede ser el agua estancada en el suelo, cuando sirve de espejo a la Giralda. Ërase un “nazareno de Luz” que el viernes de Dolores enterraba su cámara tras recorrer el camino más corto de la memoria para dejarnos la huella en blanco y negro de los gozos vividos. Porque entendía –con buen criterio- que ahora había que vivir en todos los sentidos la realidad de una nueva Semana Santa.

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